Democracia y kétchup en Irán


«No hay ninguna razón para que demos ningún permiso de manifestación al grupo sedicioso que nos lo ha pedido, porque no sería realista». El gobernador de Teherán, Morteza Tamaddon, denegaba así la autorización al movimiento verde de los progresistas de salir a la calle para recordar el primer año de su supuesta derrota electoral, y a los que perdieron la vida exigiendo que se revisaran los resultados.

En el último año, el presidente Mahmud Ahmadineyad ha gobernado con mano dura. Tan dura que muchos lo creen un simple rehén de los Guardianes de la Revolución, un Estado dentro del Estado en esta dictadura religiosa. «Es ridículo y no ha lugar a discusión», dijo Tamaddon, refiriéndose a la carta que le llegó de los líderes verdes Mir Huseín Musavi y Mehdi Karrubi, para volver a recordar cómo se les robó la victoria.

El régimen de Ahmadineyad está nervioso. Muy nervioso. El nivel de represión es tal que la gente en Teherán ya no queda para cenar, siempre en casas particulares, sino para comer. Saben que la masiva presencia de agentes de Interior y Defensa hace que los controles en las calles se hayan vuelto letales. Más si es de noche y uno baja la guardia. «No llevan armas, solo cámaras fotográficas, y después de hacerte una foto te amenazan con buscarte para llevarte a la cárcel. Son como paparazis surrealistas», me contaba una sofisticada iraní la semana pasada en un domicilio de clase alta en Teherán.

Para evitar la odiosa y asesina represión los líderes verdes desconvocaron las protestas de ayer. Pero se vuelven a escuchar los gritos de «Dios es grande», «Muerte al dictador», o «Muerte a Jamenei», en los tejados de las principales ciudades. En las cárceles, aislados o rodeados por criminales corrientes, líderes estudiantiles como Bahareh Hedayat, de 29 años, popular en Internet por sus peticiones de derechos para la mujer, o Majid Tavakolí, arrestado en diciembre por criticar al líder religioso. Se calcula que más de 5.000 estudiantes e intelectuales han huido del país.

Dentro, un grupo de música pop clandestino ha hecho circular una canción: «La democracia islámica es como el riz-pilá con kétchup». Algo así como la paella con kétchup. Una contradicción.

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