Un matrimonio de conveniencia

Juan Oliver

INTERNACIONAL

En los últimos mil años no ha habido prácticamente un siglo en el que alemanes y franceses no se matasen entre sí. De hecho, sus últimas desavenencias desembocaron hace apenas siete décadas en el conflicto más sangriento que ha padecido la humanidad. La Unión Europea nació precisamente para acabar con esa costumbre tan germana como gala de relacionarse a tiros con el vecino, pero que hayan optado por fórmulas más racionales para solucionar sus problemas no quiere decir que Alemania y Francia hayan olvidado ese catálogo centenario de afrentas mutuas. Merkel y Sarkozy pertenecen a la misma familia ideológica, y ambos entienden la Europa unida como un invento que nace, crece y se desarrolla en torno al eje que une sus capitales. Pero ni sus intereses ni los de sus países son los mismos. La canciller alemana quiere imponer disciplina presupuestaria a sus socios porque teme el precio político de otro rescate a la griega, que pagarían, sobre todo, sus contribuyentes. Y al presidente francés le espanta que la moda de los ajustes sociales lo alcance ahora que empieza a pensar en su reelección dentro de veintitrés meses. La cortés llamada de Merkel anulando la reunión en la que iban a tratar esos temas se encuadra en ese contexto. Porque la historia dice que cuando París y Berlín no se ponen de acuerdo, lo más sensato es que sus discrepancias se resuelvan en Bruselas.