Se disfrazó, bailó como una prostituta y temió por su vida


Cacho se introdujo en las redes de trata de mujeres utilizando las enseñanzas de su admirado Günther Wallraff, el periodista alemán que escribió Cabeza de turco. Se disfrazó y asumió diferentes personalidades para lograr su objetivo. De esta forma, bailó en un centro nocturno junto a bailarinas cubanas, brasileñas y colombianas en México; entró en un prostíbulo de jóvenes en Tokio o conversó con una tratante filipina en Camboya. «Lo más difícil para mí fue vestirme de prostituta. Una mujer que estuvo metida en las redes de trata me enseñó cómo actuar, cómo bailar, los códigos internos de estos bares, y un amigo profesional me maquilló. Fue un entrenamiento arduo», comenta. «Tengo 47 años y me sentí un poco ridícula con las mallas, el pelucón y las plataformas. Antes de entrar en el bar fue un impacto brutal mirarme en el espejo y verme disfrazada así, me sentí cosificada», explica. «Cuando subí al escenario a bailar tuve la sensación de que me estaba exhibiendo y tenía que cumplir con las expectativas de todos esos tipos que están babeando abajo», añade.

Cacho temió por su vida en Camboya y Kirguistán. «Me di cuenta de lo vulnerable que soy», afirma. Y en Birmania vio de primera mano los campos de esclavitud sexual montados por la propia dictadura militar. «Hay un vídeo en el que se ve a las niñas trabajando y cómo los soldados se las llevan, como hacen en Estados Unidos con las mexicanas, igualito», afirma.

La autora asegura que «en España las mafias de la prostitución forzada dirigen 4.000 burdeles con ganancias de 18.000 millones al año».

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Se disfrazó, bailó como una prostituta y temió por su vida