El número de menores heridos por arma blanca subió un 120% entre el 2003 y el 2008, y un tercio de los escolares admiten que han llevado un cuchillo alguna vez
04 may 2010 . Actualizado a las 02:00 h.La estación Victoria, una de las más grandes de Londres, es un gran ejemplo de la arquitectura de acero y cristal del siglo XIX, aunque ahora parece más bien un museo de cámaras de vigilancia. Decenas de ellas escrutan los movimientos de los pasajeros, pero no impidieron la muerte de Sofyen Belamouadden el 25 de marzo. El joven de 15 años y origen marroquí murió acuchillado en plena hora punta. La policía detuvo a veinte adolescentes de entre 14 y 17 años como partícipes en el crimen. Finalmente presentó cargos contra doce, de entre 16 y 17 años, entre ellos una chica. Todos llevaban uniforme escolar, como la víctima, y la policía les incautó dos cuchillos y otras armas.
Más tarde, el 15 de abril, Agnes Sina-Inakoju, una chica de 16 años, recibió un disparo en el cuello mientras hacía cola en un restaurante de comida para llevar en Hoxton Street, en el este de Londres. Murió horas después. Los agresores, dos jóvenes que huyeron en bicis de montaña, le dispararon a través de la ventana, pero la policía cree que la alcanzaron por error y que su objetivo era otra persona. Esa misma noche, en un incidente separado, un joven de 20 años ingresó en estado crítico tras ser apuñalado en un pub de Islington, en el norte de la capital.
Sucesos como los anteriores no son extraordinarios en la capital británica, pero siguen sacudiendo a una opinión pública muy sensible a la violencia de las bandas juveniles. La percepción general es que el fenómeno va en aumento. En marzo del año pasado, la BBC publicó que el número de jóvenes de entre 16 y 18 años que ingresaban en el hospital con heridas de arma blanca aumentó un 120% en cinco años. Hubo 129 ingresos en el período 2003-2004, y 238 del 2007 al 2008. El 30% de los alumnos de Londres admiten que alguna vez llevaron un arma blanca por miedo a ser agredidos, un porcentaje que algunas encuestas elevan hasta el 35%. Según las estadísticas del Consejo de Justicia Juvenil publicadas en el 2009, cada dos minutos un menor de edad comete un delito. Pero parte de los datos son contradictorios. En marzo del año pasado, cuando se publicaron las estadísticas citadas, también salió a la luz que en el conjunto del país se habían producido 500 apuñalamientos menos y que el número de menores que llevaban armas blancas estaba bajando.
La alarma creada por los crímenes, reforzada por la confusión de datos y una prensa amarilla que magnifica cualquier crimen de un menor, ha llevado a las autoridades a sobreactuar. El pasado julio se hizo público que solo uno de cada cuatro menores contra los que se dictaba prisión provisional era condenado en el juicio a penas de privación de libertad. Incluso los tories, que siempre han jugado a mano dura contra el crimen como baza electoral, llevan en su programa medidas para combatir las conductas antisociales sin criminalizar a los jóvenes.
En el enfoque que la sociedad británica tiene de la violencia entre menores todavía pesa el secuestro, tortura y asesinato en 1993 de James Bulger, un pequeño de dos años, a manos de Robert Thompson y Jon Venables, que tenían 10 años. Decir que el salvajismo del crimen conmocionó a los ingleses es poco. El tabloide The Sun organizó incluso una exitosa campaña de recogida de firmas para que se alargase su condena y, más tarde, El Tribunal Europeo de Derechos Humanos dictaminó que su juicio no había sido justo. Salieron en libertad con nuevas identidades en el 2001. Sin embargo, Venables volvió a ser arrestado el pasado mes de marzo por un delito de índole sexual.