En la base militar de Quantico, los soldados estadounidenses aprenden antes de ir al frente, además de técnicas de combate, a mejorar su imagen ante los afganos
14 mar 2010 . Actualizado a las 13:19 h.La operación comienza poco después de las dos de la tarde. Dos decenas de marines se preparan para asaltar un poblado donde los insurgentes talibanes han tomado posiciones en varios edificios abandonados. De repente una bala enemiga alcanza a uno de los soldados estadounidenses. «Lo siento señor, estoy muerto», espeta el cadáver. El soldado abatido y el resto de sus compañeros forman parte en realidad de un simulacro de ataque desarrollado en la base de marines de Quantico, en el estado de Virginia.
De esta base militar, cuya extensión supera los 260 kilómetros cuadrados, salieron hace unos meses muchos de los marines que participaron en la ofensiva contra el bastión talibán en la ciudad afgana de Marjah. Los actuales reclutas forman parte del cuerpo de soldados más exclusivo del Ejército estadounidense y el único capaz de jactarse de seguir rechazando candidatos con dos guerras en curso. La razón: la extrema dificultad de sobrevivir a un entrenamientos diseñado para aportar el mayor realismo posible y que en muchas ocasiones incluye incluso a actores afganos en el proceso de inmersión.
Conocer al afgano
«Nuestras misión es ayudar a los soldados a familiarizarse con nuestra cultura porque la mayoría de ellos ni siquiera saben como es físicamente un ciudadano de Afganistán», afirma el afgano Rashon, quien por 200 dólares al día viaja por todo Estados Unidos para participar en estos simulacros, cuyo grado de realismo excede cualquier tipo de expectativas.
Las mujeres del pueblo ficticio, por ejemplo, van cubiertas con burkas. Los hombres se apostan en un mercadillo de cartón piedra donde venden leche y miel e incluso la música que sale por los altavoces reproduce canciones populares de Afganistán. «Los marines tienen que sentir que están allí. No pueden hablar en inglés con los actores, necesitan utilizar a un traductor. Tampoco saben en qué casa se encuentran en realidad los terroristas ni si hay personas armadas en el pueblo. El objetivo es conseguir un escenario lo más parecido a lo que se van a encontrar cuando se vayan a la guerra».
El que habla es el teniente Andrew Schillace, responsable del programa de adaptación cultural al mundo musulmán. Schillace estuvo entre los marines que iniciaron la invasión del 2001 y los trece meses que pasó en suelo afgano le han servido para poner en marcha un experimento donde hasta los propios periodistas son parte del juego. «Que duda cabe de que teneros aquí les ayudará a saber cómo trabajar cuando hay prensa por medio», reconoce sin molestarse en ocultar el engorro que suele suponer para los marines batallar delante de las cámaras.
El resentimiento viene de lejos. Durante la guerra de Vietnam la presencia de periodistas dispuestos a documentar las matanzas que algunos marines realizaban entre niños y mujeres le valió a este cuerpo de élite una leyenda negra que todavía arrastra, y que películas como La chaqueta metálica se encargaron de perpetuar. «Me han llamado asesino de niños en varias partes del mundo», ironiza el instructor de origen portugués Albino Mendonça, pero reconoce que «esta fama nos viene bien, ya que muchos de nuestros enemigos se lo piensan dos veces antes de enfrentarse a un marine».
Arma de doble filo
No solo eso. También el miedo que los marines inspiran a nivel internacional se ha convertido en un arma de doble filo para el Gobierno estadounidense, especialmente ahora que la Casa Blanca se disputa con Al Qaida en Afganistán el favor de la población civil. «Hemos aprendido de nuestros errores. Ahora, por ejemplo, sabemos la importancia que las diferencias culturales tienen en un conflicto», aseveró convencido el responsable de la base, el coronel George W. Smith Jr.
Este cambio de estrategia se deja sentir especialmente en la base de Quantico, donde los discursos de la testosterona han sido sustituidos por clases sobre diferencias culturales, derecho internacional y lecciones sobre cómo cachear adecuadamente a una mujer musulmana: «Si no tenemos a ninguna mujer para cachear debajo del burka debemos utilizar al marido», alecciona uno de los instructores.
El perfil tradicional del marine se ha visto modificado en los últimos tiempos tras la promesa del presidente Barack Obama de poner fin a la política que prohíbe a los homosexuales desvelar su orientación sexual bajo pena de ser expulsado del Ejército y la incorporación de más mujeres a las filas. La oficial Hanna Paston, por ejemplo, apenas levanta varios palmos por encima de su fusil. Antes de ser marine era contable en una oficina del Estado. De aquella época le quedan unas gafas de montura ligera y cierto aire de ratón de biblioteca:
«Cuando me preguntan si existen valores femeninos o masculinos yo siempre contesto que nuestros valores no tiene género. Honor, coraje y compromiso», repite de carrerilla, aunque admite que «la presencia de más mujeres en el cuerpo podría ayudar a que nuestros aliados nos conozcan mejor y de otra manera». Si lo consiguen o no solo el tiempo lo dirá.