La jornada estuvo marcada por las fuertes medidas de seguridad, pero la vigilancia era distinta según el tamaño del centro electoral. En el de Diyla wa Qeida, cerca del puente que cruza el Tigris y conecta el centro de Bagdad con el resto de la ciudad, había que pasar tres registros corporales y varios más de identificación.
Los soldados y policías que estaban a la entrada de ese centro requisaban hasta los paquetes de tabaco, que se apilaban a la entrada y que luego eran recogidos por los ciudadanos después de emitir su voto. Uno de los electores se quejó de que no podía pasar sin tabaco y el soldado se compadeció de él y le dejó llevarse dos cigarrillos. La vigilancia era tan estricta que decomisaban hasta los bolígrafos. «Grábalo en la memoria y luego lo escribes al salir», dijo uno de los vigilantes al periodista de Efe.
En cambio, en otro colegio del barrio de Karrada, la vigilancia era menor, y los policías solo registraban el cuerpo de los electores en una ocasión.
La ciudad comenzó a recuperar el ritmo normal a partir del mediodía, cuando las autoridades permitieron la libre circulación de vehículos. Pero al menos en uno de los controles que pasó Efe solo permitían un mínimo de tres pasajeros, aparentemente para evitar el paso de coches-bomba que suelen ir ocupados por una sola persona.