«A una paciente le tengo que decir que se quedará sin el brazo derecho, y a otra que perderá el izquierdo»
INTERNACIONAL
Como ya me esperaba, ayer fue un día muy duro. Lo he acabado a las once de la noche, totalmente exhausta, y apenas me quedan ánimos para escribir.
A las seis de la mañana ya estábamos todos en pie. Las palabras dormir, aseo y desayuno tienen aquí una significación bastante diferente que en mi casa de A Coruña. Tras la primera reunión del equipo, a las ocho, nos vamos a nuestras funciones. Esta mañana soy enfermera. Lavo a los enfermos que no se pueden valer por sí solos, reparto la medicación y hago las curas. Muchas. Entre los cooperantes, veteranos de muchas tragedias, se asegura que nunca antes ha habido una catástrofe con tan inmensa cantidad de traumatismos y tan graves. Durante varias generaciones, por las calles de Haití deambularán miles de mutilados que causó el terremoto del 2010.
Y mientras les hago las curas aprovecho para tomar contacto con ellos. Detrás de cada uno hay una historia que pone los pelos de punta.
Poco antes de finalizar mi turno matinal, bajo la tienda de enfermería, uno de los cirujanos de Estados Unidos que opera en un quirófano que no para de hacer milagros cada día, me pide que hable con dos jóvenes pacientes. Me enseña sus fotos y un escalofrío recorre todo mi cuerpo. A la mayor, que tiene 24 años, le tengo que decir que mañana se va a quedar sin su brazo derecho. A la otra, de 16, que perderá el izquierdo. Los tienen tan destrozados y desde hace tantos días que es imposible salvarlos. 24 y 16 años. Nunca podré olvidar lo dolorosa que ha sido la conversación con ellas.
Esto fue por la mañana. Por la tarde cambié la bata de enfermera y me puse la de psicóloga.
Uno de los casos que atendí es el de una mujer que tiene dos hijos, uno de ellos de nueve meses, y que se encuentra sola aquí, en Jimaní. Acababa de recibir una comunicación telefónica de que su marido, del que no sabía nada desde el terremoto, ha aparecido, decapitado, entre los escombros.
Historias propias
Cada uno de los voluntarios haitianos que ayudan a los cooperantes con su trabajo de traductores traen su propia historia, casi siempre trágica. Trabajan 16 horas diarias traduciendo el creole; algunos llegaron acompañando a algún familiar que sufre destrozos traumatológicos. Para ellos es, como para todos, agotador y además desolador. Cada una de esas vidas se ha incrustado en mi corazón.
La jornada se acabó y al final me he quedado sin hablar con tres pacientes. Por ellos empezaré mañana, antes de que vayan llegando más y más a lo largo del día. Soy la única psicóloga aquí, me necesitan y sé que les ayudo. Trataré de dormirme pensando en eso para recargar fuerzas y seguir con ellos todo el tiempo que pueda.