Una tragedia sin precedentes

Miguel A. Murado

INTERNACIONAL

Desprovisto de instituciones, Haití es una inmensa fosa común habitada por un pueblo entero de refugiados

17 ene 2010 . Actualizado a las 02:00 h.

El aeropuerto de Puerto Príncipe quizá simbolice por sí solo los límites de la ayuda internacional. A pesar de que desde 1990 Haití ha recibido más de tres mil millones de dólares en ayuda al desarrollo, no se hicieron planes para ampliarlo, por lo que sigue teniendo una sola pista operativa. Por eso los aviones que intentan llevar ayuda estos días no pueden aterrizar más que con cuentagotas. Se les aconseja que lleven combustible para más de una hora de sobrevuelo.

Con todo, el aeropuerto al menos funciona, gracias a que Estados Unidos se ha hecho cargo de él. Pero no funciona al gusto de todos. Francia, cuyo presidente está sufriendo otro de sus ataques de orgullo, amagó con presentar una queja formal contra Washington por el modo en que se encarga de las instalaciones y que, según Paris, discrimina a sus aviones. A cosas como estas, y a la perplejidad que parece haberse apoderado de la Unión Europea, se refería seguramente ayer el presidente superviviente de Haití, René Préval, cuando pedía «un mejor esfuerzo de coordinación» y el fin de las «querellas» entre los países y las organizaciones que intentan ayudar.

Para ser justos, se puede entender este caos que se ha contagiado a la ayuda internacional. Como ha dicho la ONU, esta es una tragedia sin precedentes. No porque no las haya habido mayores, sino porque, en este caso, viene acompañada de un indeseado experimento ácrata: un país entero que ha sido desprovisto de todas sus instituciones en medio del mayor desastre de su historia.

No hay zonas que se hayan salvado y desde las que se pueda empezar la reconstrucción ni hay apenas nadie con quien coordinar el reparto de ayuda. Haití es, simplemente, una inmensa fosa común habitada por un pueblo entero de refugiados, y esto no es ni siquiera una hipérbole periodística.

Por eso va abriéndose paso el pesimismo al constatar que la ayuda no es suficiente. Los quinientos millones de dólares que ha pedido la ONU se reunirán con facilidad, incluso es muy probable que se superen con creces. El problema está en cómo repartirlos sin un ejército que proporcione seguridad. Todas las miradas se vuelven ahora a Estados Unidos, el único país que está en posición de intervenir en Haití, una opción a la que, comprensiblemente, se resiste.

La relación entre los dos países es complicada. La invasión norteamericana de 1915 se recuerda todavía con rencor en Haití mientras que la de 1994 se celebró con júbilo. Incluso los dos patronos que Obama ha elegido para el fondo de ayuda a Haití, Bill Clinton y George W. Bush, revelan esta ambigüedad: el primero fue el presidente que aupó al presidente Aristide, el segundo el que promovió su derrocamiento.

Mientras, en Haití se esperaba a la secretaria de Estado, Hillary Clinton, seguramente para discutir con el presidente Préval sobre la posibilidad o imposibilidad de una intervención. Hillary tendrá la ocasión de comparar Cabo Príncipe con sus propios recuerdos: fue allí precisamente donde ella y su marido Bill pasaron su luna de miel hace muchos años.