Abatido y cansado, dice que su Ejecutivo ha perdido la capacidad de funcionar
17 ene 2010 . Actualizado a las 02:00 h.Instalado en una comisaría de policía próxima al aeropuerto de Puerto Príncipe, el presidente René Préval intenta con dificultad asegurar la supervivencia del Estado haitiano, que prácticamente se quedó sin oficinas gubernamentales tras el seísmo. El Palacio Nacional, un enorme y soberbio edificio blanco que albergaba la presidencia, se vino abajo al igual que varios ministerios.
«Hemos decidido ubicar de forma provisional la sede de la presidencia y del gobierno en esta instalación de la policía para estar más cerca de nuestros aliados internacionales», se justifica Préval. El aeropuerto sirve para conectar a Haití con el resto del mundo. Está tomado por centenares de soldados estadounidenses que intentan organizar la llegada de la ayuda.
Detrás de la puerta de la improvisada sede, se erigen dos guardias para proteger al jefe de Estado. En la habitación contigua, el primer ministro, Jean-Max Bellerive, se reúne con los pocos ministros que pueden desplazarse. Su otrora oficina, en las colinas de la capital, sirve ahora de albergue para centenares de familias.
«El gobierno ha perdido sus capacidades para funcionar, pero no está destruido», asegura el presidente de Haití, visiblemente agotado.
Sentado detrás de una mesa redonda de menos de cuatro metros cuadrados, René Préval debate por teléfono con su homólogo dominicano Leonel Fernández. «Te agradezco Leonel», le dice por teléfono. «La comunicación es difícil, voy a desplazarme», continúa, y se aleja, posiblemente para no ser escuchado.
Lo que no es un secreto para nadie es que el Gobierno funciona prácticamente sin seguridad. El presidente recuerda que pocas horas después del seísmo se desplazaba en moto, al igual que sus ministros, para constatar los graves daños en la capital. «A mí me ha afectado personalmente, duermo en la casa de amigos. Aunque no logro dormir por las noches», cuenta.
«Han muerto muchas personas entre mis allegados», comenta con tristeza Préval y las enumera: dos senadores, el escritor y geógrafo Georges Anglade y su esposa, los padres de un ministro, los hijos de otro y un amigo de larga duración. «Somos todos víctimas», se lamenta.
Las gotas de sudor afloran al rostro del jefe de Estado. Su oficina no está climatizada. En medio de la conversación, se excusa para escuchar la información de que un senador acaba de ser rescatado entre los escombros y debe ser trasladado a la República Dominicana.
«Nadie está solo. Comprendo que hay gente que sufre porque tienen a sus padres entre los escombros, pero deben saber que hay miles de personas en la misma situación», dice Préval.
El mandatario insta a los haitianos a tener paciencia y condena a aquellos que acusan al Gobierno de inacción. «Hay gente que subestima la extensión de los daños e insinúa que no vamos lo suficientemente rápido para dar seguridad. Es indecente aprovecharse del dolor de la gente para hacer política», asegura. Entre las prioridades de su Gobierno está la distribución de gasolina para facilitar los desplazamientos y así asistir a las víctimas.