Yemen es un país con muchas carencias, pero entre ellas no se encuentran los conflictos armados. En estos momentos, en su más bien pequeño territorio se libran cuatro. En la costa, acechan los ya famosos piratas somalíes. En el sur, la región de Hadramuth lucha por su independencia, desilusionada con la reunificación del país hace veinte años. En el este, la autodenominada Al Qaida en la Península Arábiga golpea ocasionalmente con atentados las embajadas extranjeras en la capital, el turismo y las fuerzas de seguridad. Y en el norte las tribus huti de la región de Sa'dah están en rebelión abierta. Son chiís en este país de mayoría suní y tienen un largo historial de sublevaciones contra el poder central. Esta es, de hecho, la sexta vez que lo intentan. La diferencia es que, en estos momentos, la confluencia de crisis que se da en Yemen hace posible (aunque, de momento, no probable) un derrumbe del régimen del prooccidental presidente Saleh.
La circunstancia de que el terrorista nigeriano que recientemente intentó atentar contra un avión de línea con destino a Detroit tuviese contactos con Yemen no ha hecho, probablemente, más que adelantar lo que ya se estaba cocinando en los pasillos de la Casa Blanca, donde el lobby saudí llevaba meses pidiendo acción. Los saudíes temen que la revuelta huti cruce su frontera y se extienda a su propia (y maltratada) minoría chií. No hace mucho, Arabia Saudí llegó a invadir el país vecino tras una serie de incursiones hutis, bombardeó algunas aldeas con fósforo para dejar claras sus intenciones y se dispone a sumarse a la nómina de países que levantan vallas de separación para blindar sus fronteras.
Pero si la revuelta chií de los hutis causa inquietud a los saudíes, más aún preocupa la consolidación en Yemen de Al Qaida. Esta organización nació, no hay que olvidarlo, con el objetivo prioritario de derribar la monarquía saudí, a la que acusa de permitir el estacionamiento de tropas norteamericanas en su territorio. Parece que la célula yemení de la red terrorista estaría dirigida, incluso quizás formada, por saudíes huidos de la policía de su país. A diferencia de lo que cabría esperar de una Al Qaida puramente yemení, estos elementos extranjeros están entrenados y cuentan con medios, lo que hace creíble que hayan intentado realizar un atentado sofisticado como el que se amagó sin éxito en el avión de Detroit.
En todo caso, la retórica norteamericana de estos últimos días señala claramente que el Gobierno de Washington se dispone a actuar en el país de alguna forma. El cómo está por ver. Una intervención militar directa no parece aconsejable, por lo que es más probable que se opte por reforzar el propio Ejército yemení o, incluso, dejar las manos libres a los saudíes. De momento, solo una cosa es segura: Yemen ha ascendido al podio de las noticias, y no va a ser para bien.