El principal escollo, pero no el último

Juan Oliver

INTERNACIONAL

Si el no gana en Irlanda, el Tratado de Lisboa estará muerto y la Unión tendrá que replantearse a marchas forzadas una reforma de sus instituciones mucho menos ambiciosa, pero que la permita seguir subsistiendo como proyecto político con futuro. Porque los Veintisiete funcionan ahora sometidos a unas reglas pensadas para un club de quince socios que a medio plazo podría alcanzar la treintena de miembros. Lisboa está pensada para solucionar las enormes dificultades que causa esa desproporción, y si los irlandeses votan no, el tratado será un cadáver jurídico.

Con nombre y apellido

Claro que no basta con el sí irlandés para que los europeístas respiren tranquilos. Porque si Irlanda es el principal el escollo, no es el único. Y el resto de obstáculos tienen nombre y apellidos. El primero es Vaclav Klaus, presidente de la República Checa y enemigo número uno del espíritu confederal de Lisboa, que se ha negado a sancionar el texto a pesar de que ya ha sido validado por el Gobierno, el Parlamento y el Tribunal Constitucional de su país (es decir, los tres poderes del Estado).

Klaus sigue maniobrando con recursos judiciales para justificar el retraso en el cumplimiento de su obligación de firmar el tratado, con la esperanza de que el segundo nombre (Lech Kaczynski, presidente de Polonia, que tampoco lo ha firmado) le siga el ritmo. Pero, sobre todo, con la esperanza de implicar en el asunto al tercer hombre: David Cameron, líder conservador británico, que tiene todas las papeletas para ser el próximo premier británico y que ha prometido someter el Tratado de Lisboa a referendo si gana las elecciones de junio. Si Klaus consigue retrasar hasta entonces su firma (el tratado no estará vigente hasta que todos los socios de la UE lo asuman legalmente en su ordenamiento) estará muy cerca de lograr su objetivo. Por mucho que los irlandeses, ahora, decidan que les conviene decir sí.