Al dar las diez, miles de iraníes rompen el trajín habitual, suben a terrazas y azoteas y gritan «Muerte al dictador»
05 jul 2009 . Actualizado a las 02:00 h.Los habitantes de Teherán vuelven a estar atrapados en el tráfico endemoniado de la capital iraní. Las calles comerciales han recuperado el trajín habitual de una macrociudad de 16 millones de habitantes. A primera vista, la normalidad ha regresado y las protestas por la reelección del presidente Ahmadineyad, que tantos consideraron un fraude, han desaparecido. Hasta que cae la noche. Entonces, los gritos acompasados de «Muerte al dictador» inundan el aire y elevan al cielo la amargura de los iraníes.
Miles de habitantes en Teherán y en otras grandes ciudades de Irán acuden puntuales a esa cita en las terrazas y azoteas de los edificios nada más dar las diez. Durante media hora, las invocaciones al altísimo y los gritos pidiendo la cabeza de Ahmadineyad o del líder supremo recuerdan el descontento por la oportunidad perdida en las elecciones del mes pasado.
«Nos han robado nuestro futuro y aún nos quieren engañar más contando historias de recuentos de votos y de buen hacer democrático», se duele Bakhtiarí, un antiguo piloto de combate reciclado a técnico de informática en una tienda del centro de la capital. Tres de sus cuatro compañeros en el negocio asienten a sus palabras. «Votamos por Musavi, y ¿para qué? Esto no cambia y no cambiará», se lamentan con una sola voz.
Tres semanas después de los comicios, que dieron una aplastante victoria a Ahmadineyad, muchos iraníes parecen resignados a continuar con sus vidas como durante los cuatro años de su anterior mandato. Cualquiera haría lo mismo. «Antes, los policías estaban en las garitas de las estaciones del metro, pero ahora se colocan en las bocas de entrada, en las escaleras mecánicas, en los andenes? ¿quién no tendría miedo a decir lo que piensa?», cuenta un joven que prefiere que no se escriba su nombre. «Todo está tranquilo, pero no es normal», dice.
Las revueltas tras las elecciones hicieron creer a muchos que con sus voces lograrían ese resquicio de libertad con el que soñaron tras escuchar al derrotado Musavi. Nada más lejos de la realidad. Detenciones de cientos de personas, palizas indiscriminadas, acusaciones contra el propio Musavi y otro de los candidatos, están siendo la tónica general de la calma iraní.
«Tenía la espalda y las piernas moradas de los golpes y no sabía dónde estaba», explica el representante de una empresa europea en Teherán cuando habla de su hijo veinteañero, desaparecido durante dos días. Lo tiraron en medio de una autopista a las tres de la madrugada y pudo avisar a su padre porque le devolvieron el móvil. «Le vendaron los ojos y le ataron las manos a la espalda. No le dieron ninguna explicación y no dejaron de golpearlo en todo el tiempo, y aún no sabe por qué», relata.
Delación
Los canales oficiales, por su parte, han asegurado que ocho milicianos basij han resultado muertos en las manifestaciones y que sus familias van a recibir una compensación del Gobierno. Esos mismos canales son los que están animando estos días a la población a delatar a sus amigos o vecinos por participar en las revueltas. Por supuesto, ya nadie se acuerda de los 20 muertos reconocidos por las autoridades en aquellos días. «Las cuentas no salen. De la Universidad de Teherán se llevaron a 700 personas detenidas y sé de al menos dos muertos en la mía», relata una profesora de la Universidad Azad, de la capital.
Ahora, el consumo de gasolina volvió a su nivel de siempre tras el bajón del 5% en la semana siguiente a las elecciones, pero muchos coches siguen circulando despacio, como pidió Musavi. O quizá se deba a los innumerables controles de los basij en plazas y avenidas. Es mejor que no te descubran fotos en el móvil o que tu acompañante femenina sea de la familia. Dos días en sus manos, como mínimo, te cambian de color.