Una ciudad fantasma presa de la violencia

Jacques Guillon

INTERNACIONAL

Tras un mes de huelga general, la capital de Guadalupe se ha transformado en una ciudad fantasma, donde barricadas y fuegos callejeros complican la vida cotidiana. En cuanto se llega al aeropuerto, el primer problema es encontrar uno de los pocos taxis que tienen gasolina. El segundo, que el taxista acepte el destino.

Los clientes son pocos. Según la tripulación de un vuelo de Air Caraibes, el avión procedente de París estaba ocupado el martes al 65% en una época en que suelen volar llenos. «Yo hago solo trayectos cortos y no en cualquier dirección, no quiero problemas, hay hoteles a los que no vamos» porque se encuentran en barrios considerados peligrosos, explica un taxista.

De noche, la ciudad está bien iluminada, pero las barricadas son numerosas. Formadas de árboles, automóviles, basuras y viejos electrodomésticos, impiden o dificultan la circulación. En una de ellas una pancarta dice: «Devuelvan lo que nos pertenece».

Los pocos vehículos que circulan no respetan los semáforos, y en cuanto el conductor ve un retén da media vuelta. A partir de las 20 horas no queda en Pointe a Pitre un solo comercio, bar o restaurante abierto. Se transforma en una ciudad fantasma.

Ya nadie recoge las basuras y algunos aparcamientos se han convertido en vertederos de los que sale un olor nauseabundo. En el hotel Village Soleil, cerca de la capital, el recepcionista solo acepta reservas para dos noches. «No tenemos agua, no sabemos si dispondremos de personal para limpiar y no puedo garantizarles el desayuno, porque no sabemos si recibiremos provisiones», dice.