Michelle Obama se ha colocado en el punto de mira de los más prestigiosos diseñadores de moda, pero también en la boca de la gente de la calle. Unos la comparan con Jacqueline Kennedy y la sitúan, como la revista People, entre las diez mujeres mejor vestidas del mundo. Otros la miran con lupa y desatan los debates: que si no tiene estilo ni estilista, que camina atropelladamente, que si viste demasiado estridente como casi todas las mujeres de color... Y los hay que la defienden por elegir los diseñadores en función de la personalidad y de los orígenes.
El vestido que lució la noche electoral en Chicago, negro y rojo entallado, del cubano Narciso Rodríguez, despertó más odios que pasiones. El conjunto que llevó el martes en la toma de posesión, de la cubanoamericana Isabel Toledo, en tonos pistacho, confeccionado con tejidos franceses de lana y seda, pedrería y brocados, reflejaba esperanza para unos y era adecuado. Pero, según otros, esos elementos se emplean en vestidos para la noche y no al comienzo del día. Y el resultado fue de todo, menos de elegancia parisina.
Para salvar el prestigio de Toledo argumentan que no diseñó el vestido para la primera dama. Michelle lo compró en una tienda de Chicago. Muchos coinciden en que su figura no resultaba favorecida y que el traje era muy clásico, de señora mayor. Ella, de 44 años, tenía que haber elegido un traje de otra textura y tono que le disimulase sus anchas caderas.
Ayer, diseñadores, críticos de moda y modelos que participan en la Semana de la Moda de São Paulo criticaron su elección. Lo que parece claro es que la inquilina de la Casa Blanca marcará tendencia y nadie quedará indiferente a su imagen frente a la de sus antecesoras Hillary Clinton y Barbara Bush.