El huracán que pilló al presidente de vacaciones

La Voz

INTERNACIONAL

El 29 de agosto del 2005 el huracán Katrina arrasó Nueva Orleans. Algunas zonas de la ciudad estuvieron semanas sumergidas bajo el agua, que llegó a alcanzar hasta siete metros. 1.836 personas murieron, no solo en Luisiana, sino en el resto de estados por los que pasó el ciclón, y los daños fueron de 75.000 millones de dólares.

Además de la desolación, el Katrina puso a la vista uno de los aspectos más duros de la Administración Bush y su política neoliberal, la falta de solidaridad social y la desorganización del país más rico del mundo cuando los que requieren ayuda son los pobres. El 28 de agosto, un día antes de la catástrofe, los 500.000 habitantes de Nueva Orleans recibieron de su alcalde la orden de abandonar la ciudad. Cada uno por su cuenta, sin ningún tipo de organización, sin que se precisara a dónde podían ir ni cuánto tiempo tendrían que estar fuera. No hubo tampoco ningún tipo de previsión oficial para trasladar a enfermos o imposibilitados. Entre 50.000 y 100.000 personas no cumplieron la orden, la mayoría porque no tenían coche o dinero para el autobús ni un lugar a donde dirigirse.

En esos días, el país se preguntó cómo podía haber sucedido eso en Estados Unidos. El estupor llegó cuando se conocieron las respuestas. La agencia federal que lucha contra catástrofes naturales, la Federal Emergency Management Agency, había sido transferida en el 2003 al Departamento de Seguridad Interior, cuyo principal cometido es la lucha contra el terrorismo. Antes de eso, en el 2002, la agencia había recibido la orden de economizar y privatizar todo lo que fuera posible.

Hacía mucho tiempo que se sabía que era necesario restaurar las orillas del Misisipi. El presupuesto era de 14.000 millones de dólares, pero Bush lo había rebajado hasta 1.200 millones. En cuanto al presupuesto para la construcción de diques en torno a Nueva Orleans, se había reducido, en junio del 2004, un 50%. El resultado de esas decisiones políticas escandalizó a los estadounidenses y sobrecogió al mundo. A todos menos a George W. Bush, que tardó tres días en abandonar sus vacaciones para visitar Nueva Orleans.