Cristina Fernández dilapida en un año el capital político de los Kirchner

Arturo Lezcano González

INTERNACIONAL

14 dic 2008 . Actualizado a las 02:00 h.

Veinte años pueden no ser nada en el tango, pero uno solo en política es un mundo. En ese tiempo, el Gobierno de Cristina Fernández ha pasado de crear ilusiones a sembrar de dudas su gestión, avalada por el 44% de los votantes argentinos hace solo doce meses. Las promesas de limpieza de la corrupción, el fortalecimiento de las instituciones y la invitación al diálogo político han quedado empañadas en un año trufado de conflictos en el que se ha hecho patente una suerte de bicefalia marital en el poder. El matrimonio Kirchner, devenido en sociedad política, que pretendía asentar con Cristina el modelo de gobierno peronista de Néstor, ahora se esfuerza por apuntalarlo como puede.

El cambio de cónyuge al frente del Ejecutivo no aportó grandes cambios en la pirámide de poder. La más importante, el nombramiento de Martín Lousteau al frente del Ministerio de Economía, duró lo que tardó en llegar el conflicto que marcó el año. Fue en marzo con el anuncio de la resolución 125. Lo hacía el jovencísimo Lousteau, convertido en estandarte (y enseguida en chivo expiatorio) de la norma que pretendía gravar con impuestos móviles la producción agrícola de un país que ha crecido en los últimos cinco años a ritmo chino gracias, en parte, al empuje del cultivo de soja.

La decisión provocó la ira de los productores del campo, que se pusieron en pie de guerra. Después de paralizar el país y desempolvar las cacerolas guardadas tras la crisis del 2001, el conflicto se solventó (que no se solucionó) en una noche histórica de julio, cuando el vicepresidente, Julio Cleto Cobos, decidió con su voto «no positivo» la desaprobación de la medida. Automáticamente, la popularidad del político ex radical se disparó, y la de la presidenta, que llegó al poder con más del 55% de apoyo, se quedó en un 20%.

Crisis global

Los Kirchner siempre han sacado pecho tirando de números, incluso aquellos contestados permanentemente, como los de la inflación. Al menos, a estas alturas Cristina Fernández ya no tiene ese problema. Porque la crisis global también empieza a tocar a Argentina por la bajada de las materias primas, que de nuevo golpea al campo, y por el descenso del consumo, otro de los grandes motores económicos.

Es por ello que estos días la presidenta anuncia planes de incentivación económica. Lo hace después de otra tormenta provocada por la nacionalización de los fondos privados de pensiones, que puso de manifiesto la división en la oposición y en la sociedad: una parte apoya la medida en sí misma, pero no se fía del uso de los fondos de los jubilados.

Creen los Kirchner en la presencia del Estado en la economía para, entre otras cosas, pagar la deuda externa. Así lo dejaron claro al anunciar la cancelación con el club de París, que no se efectuó por la irrupción de la crisis.

Derechos humanos

También mantienen su firmeza en la política de derechos humanos. Ahí nada ha cambiado respecto al Gobierno de Néstor, el que su esposa tildó al principio de su mandato como «el mejor desde 1810». Habrá que esperar tres años más para calificar el suyo, los que le quedan para reconducirse sobre el modelo que se resume con la letra K.