Científico tozudo y muy original

V. Toro

INTERNACIONAL

Steven Chu es hijo de chinos. Según él mismo ha escrito en su autobiografía, «la educación es la razón de ser de mi familia». Padres, abuelos, tíos, primos, hermanos, todos en su familia tenían doctorados en ciencia o en ingeniería.

Al contrario del resto de miembros de su generación en la familia Chu, Steven no destacó en la escuela ni consiguió ir a una de las universidades estrella. «Mi hermano estaba en Princeton y dos de mis primos, en Harvard», ha escrito. Pero él fue a la Universidad de Rochester.

«Todo era nuevo y un poco abrumador, pero por lo menos nadie allí había oído hablar de mis hermanos y primos», recuerda sobre sus inicios.

El joven Chu pronto empezó a destacar. Primero por una perseverancia cercana a la tozudez y, segundo, porque esas características lo llevaron a brillar desde el principio. Quizá lo más destacable de su carrera han sido los saltos enormes de un campo a otro del saber. Esto es rarísimo en la ciencia actual, en la que los investigadores pasan toda su carrera dedicados a ámbitos muy reducidos. Chu, no. Empezó en Física teórica, pero pronto se pasó a la Física experimental. En 1997 obtuvo el Nobel por el desarrollo de un sistema cuántico para analizar átomos con láser. Después dio uno de esos saltos y comenzó a aplicar ese trabajo en biología analizando moléculas de ADN.

El último gran cambio de su carrera y que es el que lo ha llevado al Gobierno de Barack Obama fue su trabajo en Berkeley. Allí comenzó su lucha contra el cambio climático. Una de sus áreas de estudio ha sido el desarrollo de fuentes de energía alternativa. «Yo estaba cada vez más alarmado», dijo Steven Chu sobre el calentamiento global, «y como muchos otros investigadores vi que había que buscar soluciones a la crisis».