El legado de Bush

Obama o McCain recibirán en herencia dos guerras, un pulso con Rusia, el divorcio con América Latina, una arquitectura global obsoleta y una economía infartada


De un tiempo a esta parte se puso de moda entre líderes de opinión neocon comparar a George W. Bush con Harry Truman, el presidente que liquidó la Segunda Guerra Mundial con las bombas de Nagasaki e Hiroshima. El motivo no está solo en ciertos paralelismos que se observan en la gestión de ambos, como las guerras de Corea e Irak o la primacía concedida por el primero a la cruzada contra el terrorismo, que tanto evoca la que desató contra el comunismo su lejano antecesor. Se encuentra también en su forma de decir adiós.

Truman se fue de la Casa Blanca con registros de rechazo apabullantes que hasta el momento no igualó ninguno de sus sucesores, pero que, con toda probabilidad, va a pulverizar Bush. Sin embargo, el hombre que creó la CIA y la OTAN vio rehabilitada su figura con el paso del tiempo. Gracias a los historiadores y debido a ciertos acontecimientos posteriores a su jubilación, como el enconamiento de la guerra fría, se le otorga ahora una talla que sus coetáneos le negaron.

La verdad es que la presunción de que esto mismo pueda ocurrir con George W. Bush en el futuro, a la que apelan quienes defienden su legado, es la única estrategia que pueden ensayar. Con los ojos de hoy, y por mucha comprensión que se le dispense, la herencia que deja a su país y al mundo el 43 presidente de EE.?UU. es un endiablado campo de minas que limita forzosamente la dirección y el alcance de los pasos de su sucesor.

Sea quien sea el que lo reemplace en el Despacho Oval se encontrará con dos guerras difíciles de manejar y de concluir en Irak y Afganistán. Recibirá un contencioso espinoso con Rusia a cuenta del control del este de Europa y el Cáucaso. Hallará en un estado de metástasis avanzada el conflicto de Oriente Medio y sin embridar la amenaza de proliferación nuclear que ha activado Irán tras ser recluido en el eje del mal. Se verá obligado a superar la brecha que todavía supura en las relaciones trasatlánticas y tendrá que restablecer puentes de comunicación con América Latina, cada vez más hostil al tío Sam.

Esto, por no citar los desperfectos en las reglas de juego impuestas a la globalización. Las instituciones del denominado consenso de Washington, que han venido rigiendo la gobernanza del planeta, como el G-8, el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial o la OMC, se han visto claramente rebasadas por el tsunami financiero y producen, por su obsolescencia, una impresión dolorosamente parecida a la que causaban los chamizos de Birmania tras el paso de la ola gigante que los arrasó.

La ONU todavía no se ha repuesto de las cornadas que le causó la impaciencia unilateral de la Casa Blanca a propósito de Sadam Huseín, el trayecto hacia una justicia transnacional se encuentra empantanado por su oposición a reconocer el Tribunal Penal Internacional y la lucha contra el cambio climático ha perdido años preciosos.

Al borde de la recesión

Sea Obama o sea McCain quien tome el relevo, se va a encontrar en el plano doméstico con una economía al borde de la recesión y que carga con una deuda bruta agregada que se situó en el 346% de su PIB el año pasado. Heredará una sociedad que soporta desigualdades en materia de renta, sanidad, educación o servicios sociales que a veces no desmerecen de las del Tercer Mundo, como puso de relieve el ímpetu del Katrina.

Tendrá que hacer frente a un envejecimiento demográfico que, según la Government Accountability Office, obligará a EE.?UU. a gastar en los próximos 75 años 41 billones más de lo que ingresará por impuestos. Y le espera, además, el rediseño de su programa contra el terrorismo, tanto en casa como en el exterior

El propósito no puede ser solo atajar los riesgos que se derivan de los fracasos cosechados en las montañas de Afganistán y la agresividad sembrada en Irak. Junto con esto, se espera de él que corrija los retrocesos en el campo de las libertades civiles a que dio lugar la aprobación de la Patriot Act. Debe subsanar los recortes en la aplicación del Estado de derecho que llevaron a Dahrendorf a denunciar una involución del orden liberal. O recupera el respeto a los derechos humanos, que pisotean limbos legales como Guantánamo, o EE.?UU. tendrá complicado seguir liderando el bando de las democracias.

El 44 presidente no lo va a tener fácil porque se encontrará en una situación más débil en el ámbito internacional y obligado a tener en cuenta a los países emergentes, que ya han tomado posiciones con sus fondos soberanos. El legado que le deja Bush incluye una marea de antiamericanismo, que baña incluso a los países aliados, y una notable falta de autoridad moral para calmarla.

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