Cuando el fango corrompe el paraíso

Arturo Lezcano

INTERNACIONAL

Surcar el Caribe en una barca hasta llegar a un pequeño pueblo del suroeste de Haití debería ser una experiencia luminosa, pero en realidad es un pasaje al apocalipsis. Los ciclones lo barrieron, lo llenaron de agua y cuando el sol ardiente empezó a pegar con fuerza, Côte de Fer se convirtió en fango. Y así pasaron semanas, con el lodo hasta la rodilla, las calles inutilizadas y la gente, con el mohín habitual de la vuelta a empezar. Ladran los perros y gritan los niños, pero no es el único sonido que rompe el silencio. Desde algún lado brota música celestial, órganos y violines acompasados sin interrupción. ¿De dónde sale? «De la iglesia, la pone el padre cada mediodía para dar ánimo», dice el maestro de la escuela. La religión es refugio tras la tragedia. La religión católica y también el vudú, pues ambas comparten la devoción de los haitianos. Pero ni eso borra las imágenes que se resumen en las palabras miseria, basura, enfermedad y resignación.

Un ejemplo de que Haití es un trocito de la África más pobre en el Caribe. Se comprueba, por ejemplo, al meterse en Cité Soleil, el barrio prohibido del norte de Puerto Príncipe donde estallaron los disturbios del 2004 y también en el vecino distrito de Bel Air, irónica coincidencia de nombre, donde se confirma que los que pasaron por aquí (españoles, franceses, estadounidenses) dejaron lo mínimo y se fueron. También se ve en los embarrados accesos a la capital, un mercado interminable donde una excavadora retira toneladas de basura sobre las cabezas de los vendedores mientras los niños juegan en charcos llenos de mosquitos convertidos en focos de malaria, dengue y tifus. Y por supuesto, en villas y ciudades como Jacmel, enmarcadas en postales incomparables, con playas que podrían igualar a las de las vecinas y turísticas República Dominicana y Cuba pero que son grandes basureros a pie de Caribe. Por lo visto, no siempre es sinónimo de paraíso.