Shi Huaigui, un chófer chino jubilado de 58 años, vio el lunes cómo su vida se derrumbaba en unos segundos. Como era su costumbre desde hace años, Shi había ido al tendero, dejando a su mujer ocuparse de la limpieza en su modesto apartamento de Dujiangyan. «En el camino de vuelta empecé a sentir la tierra moverse, e inmediatamente comprendí lo que ocurría», cuenta ante un amasijo de piedras y paredes desmoronadas. Es su casa. En algún lugar en medio de los escombros está su mujer, con la que estaba casado desde hacía 40 años. «Todo lo que pido es que alguien venga a despejar el terreno y a buscar los cadáveres», dice tras pasar la noche bajo la lluvia.
Miles de habitantes de Dujiangyan, a 50 kilómetros del epicentro del seísmo, prefirieron no dormir en sus casas por miedo a las réplicas del temblor. «No sabemos nada. No hay nada que comer, ni techo, nadie se ocupa de nosotros», protesta un hombre de mediana edad, aún empapado.
Algunos barrios de la ciudad parecen haber sido bombardeados: casas arrasadas, cristales rotos en las calles, vehículos aplastados. Ciertos edificios han resistido mejor que otros. Uno de ellos solo ha perdido la primera planta.
Cerca de allí hay una fila de cadáveres cubiertos con plásticos. Acaban de encontrarlos unos soldados que participan en las tareas de rescate. Una mujer se acerca y levanta una de las cubiertas. Al reconocer el cadáver de su hijo se desploma en llanto. Muy cerca se escucha otra voz, pero esta vez por un buen motivo. Han encontrado a un superviviente bajo los escombros.
«Nadie estaba preparado para esto, es realmente duro», dice un médico que acaba de recibir veinte cadáveres.
El caos no perturba, sin embargo, a Wen Xiaobing. Este hombre de 38 años tiene los ojos clavados en el plástico que cubre a su madre, Fu Qunyi, de 61 años, sacada de los escombros durante la noche. «Lo he perdido todo. He perdido mi casa y a mi madre», cuenta. «Mi hermano está en el hospital gravemente herido. Espero que alguien venga a llevarse el cadáver. Nadie ha venido de momento», añade antes de derramar unas lágrimas.