La explosión que atronó en Damasco tendrá un efecto multiplicador sin precedentes en Oriente Medio a corto plazo.
Emad Mughaniya, el terrorista invisible, genial para sus colegas, el único superviviente de la tríada con Carlos el Chacal y Abu Nidal, el Osama Bin Laden de los años ochenta, era a todos los efectos jefe de estado mayor de Hezbolá, el partido de Dios proiraní del Líbano.
«Ojo por ojo, hombre por hombre, líder por líder», anunció Al Manar, la televisión de las guerrillas fundamentalistas, mostrando una foto con la última imagen conocida de Mugniya, libanés de 45 años.
El FBI le había puesto precio: 17 millones de euros, desde principios de los noventa. Desde entonces se había extendido que había recurrido a la cirugía estética para ocultarse. Era el terrorista más buscado después del líder de Al Qaida. Sobre todo desde que, en el 2006, se había reunido en Teherán con el presidente Ahmadineyad. Se decía que habían planeado una serie de atentados indiscriminados por si Estados Unidos y/o Israel bombardeaban Irán.
Mughaniya comenzó sus andanzas en la Yihad Islámica ligada a la OLP de Yaser Arafat cuando este residía en el Líbano, a principios de los ochenta. En 1982, cuando el régimen de los ayatolás financiaba la creación de Hezbolá, a imagen y semejanza de los cuerpos revolucionarios iraníes, Mughaniya abandonó a Arafat. Y comenzó su carrera de terrorista.
En 1983, un camión bomba mató a 241 marines norteamericanos; 58 paracaidistas franceses y 63 diplomáticos norteamericanos en su embajada. Todo planeado por Teherán y Mugniya, que acabaría con la presencia de EE.?UU. en el Líbano. Tuvo que ver con el secuestro de aviones, como el de la TWA de 1985; el escándalo Irán-Contras; con los secuestros de occidentales, entre ellos el enviado de la Iglesia anglicana, Terry Waite; el bombardeo de la Embajada israelí en Buenos Aires en 1992? A finales de los noventa, temiendo por su vida, se trasladó a Teherán, donde le fue facilitado un pasaporte iraní. Al parecer, fundó una compañía de importación y exportación y, hasta la invasión de Irak y la última guerra de Hezbolá con Israel llevó una vida cómoda y desahogada.