A la treintañera Benazir (Karachi, 1953) le chirriaba eso del matrimonio. Innovadora -primera mujer en dirigir un país islámico- y de marcada educación occidental, nunca podría sentirse a gusto en una boda pactada entre familias. Así que salió del casorio con una frase célebre -«a un matrimonio arreglado acudes con pocas expectativas y esto, en cierta medida, hace más fácil la convivencia»- y una sociedad limitada.
Su unión con Asif Zardari trascendió lo sentimental. Ella lo convirtió en ministro de Inversiones y él se lo pagó llenando la hucha familiar con el dinero que pellizcaba de los contratos públicos -se ganó el mote de míster 10% , en honor de las comisiones que se llevaba-. Los detalles íntimos de esta historia de amor trascendieron las malas lenguas -que cifran en seis millones de euros lo distraído - hasta llegar a los juzgados y derivaron en dos destituciones y un proceso penal que la mayoría de su pueblo parece haber olvidado ahora que acoge con los brazos abiertos a la autoproclamada «líder de los pobres».
Formación occidental
La vida de la hija de Oriente , otro de sus apelativos favoritos, es la de un producto de las más prestigiosas universidades de Occidente (Harvard y Oxford) con una familia vinculada al poder. Su padre, Zulfikar Ali Khan Bhutto, se estrenó como ministro de Exteriores, llegó a la presidencia tras la independencia de Bangladés, y fue nombrado primer ministro en 1973.
Zulfikar duró en el cargo cuatro años. Zia Ul Haq, entonces jefe del Ejército, lo derrocó primero (1977) y ordenó ahorcarlo después (1979). Su hija mayor, Benazir, de vuelta de su periplo universitario, fue detenida. En 1984 se le permitió exiliarse en Gran Bretaña.
Refundó en las islas el Partido Popular de Pakistán, creado por su padre, y regresó a casa para contraer matrimonio y convertirse, en 1988 y con solo 35 años, en primera ministra (Zia había muerto en accidente).
De carácter fuerte, dirigió el país con mano firme hasta que en 1990 el presidente Ishaq Khan la destituyó por abuso de poder y corrupción. Benazir no se rinde y regresa al cargo tras las elecciones de 1993, para volver a ser depuesta en el 96 bajo acusaciones parecidas, a las que se añade la de muerte extrajudicial de detenidos -curiosamente había derogado la pena capital para las mujeres-.
Entonces optó por un exilio voluntario y dejó atrás (en prisión, concretamente) a su marido y padre de sus tres hijos. Los tribunales paquistaníes la condenaron en 1999 y en el 2001, pero, como el resto del pueblo, acabaron por perdonar los deslices de Benazir para darle una nueva oportunidad que ha sido malograda por el atentado suicida.