La Nobel de la Paz Aung San Suu Kyi, que sigue bajo arresto domiciliario, es el símbolo de la lucha contra la dictadura birmana que ha aplastado la «revolución del azafrán»
15 oct 2007 . Actualizado a las 02:00 h.El orden ha sido restablecido. «Birmania: silencio, se mata», titula indignado su artículo en Le Point el mediático filósofo francés Bernard-Henri Lévy. Una vez reprimida la llamada revolución del azafrán, encabezada por los monjes budistas, todo parece volver a la siniestra normalidad en Myanmar, el nombre con el que rebautizaron a la antigua Birmania los militares que detentan el poder desde hace 45 años.
El balance es, según los disidentes, de 200 muertos y más de 6.000 detenidos, aunque el régimen solo admite 16 fallecidos y 2.700 arrestados. Un manto de silencio parece cernirse de nuevo sobre la tragedia de un hermoso país sojuzgado por una deleznable dictadura militar.
Dentro de esa normalidad del horror está que Aung San Suu Kyi siga bajo arresto domiciliario. Así lleva 12 de sus últimos 19 años, desde que regresó a Rangún. Presionado por la comunidad internacional, el implacable, surrealista e invisible (casi nunca aparece en público) dictador birmano Than Shwe permitió que el enviado de la ONU, Ibrahim Gambarri, la visitara en dos ocasiones. Asimismo, anunció que estaba dispuesto a dialogar con la premio Nobel de la Paz en 1991, a la que profesa un odio patológico que lo ha llevado a prohibir que se pronuncie su nombre en su presencia. Un mero gesto táctico para ganar tiempo. Pasados los días, nada se sabe de ese pretendido diálogo, mientras Birmania va desapareciendo poco a poco de los medios internacionales.
De aspecto frágil, con apenas algo más de metro y medio de estatura, pero voluntad de acero, Aung San Suu Kyi, de 62 años, la Mandela birmana sigue siendo la esperanza de un país sojuzgado por uno de los regímenes más brutales del mundo, el icono de la lucha por la democracia de todo un pueblo y un símbolo mundial de la resistencia civil a la opresión. Defensora a ultranza en los principios de no violencia de Gandhi, sus partidarios le llaman The lady (La dama). Admiradora de Nelson Mandela, que pasó 27 años en la cárcel, y de su partido, el ANC, la prisionera de Rangún, sin embargo, rechaza la lucha armada.
Una llamada cambió su vida
En 1988 recibió una llamada que iba a cambiar su destino. Nacida en Rangún, había pasado cómodamente lo esencial de su vida en la India y en Gran Bretaña. Pero su madre estaba gravemente enferma y decidió regresar para cuidarla y verla morir. Allí se encontró de sopetón con las multitudinarias protestas callejeras que pusieron contra las cuerdas al régimen de Ne Win. La hija de Aung San, el héroe de la independencia birmana que fue asesinado cuando ella tenía dos años, retomó la lucha paterna y se puso al frente de la revuelta. Dijo que no podía permanecer indiferente y que estaba decidida a luchar en «el segundo combate por la independencia nacional». La rebelión fue aplastada en un baño de sangre que costó 3.000 vidas.
Empezaba su largo calvario. Fue arrestada en julio de 1989. La Junta le propuso liberarla si abandonaba el país, pero no aceptó y fue colocada por primera vez bajo arresto domiciliario. En 1990, una nueva Junta permitió la celebración de elecciones. El partido de Aung, la Liga Nacional para la Democracia, logró una abrumadora mayoría con el 82% de los escaños. Los generales desconocieron los resultados.
El régimen la ha insultado sin piedad -«elemento destructivo», «madre de bastardos», «extranjera», «hija indigna de su padre»; sus medios la han caricaturizado como una vieja desdentada y arrugada, la «bruja de la democracia»- y ha tratado reiteradamente de quebrar su férrea resistencia sin éxito. En 1999 su marido, el británico Michael Aris, un profesor universitario de Oxford especialista en budismo, moría víctima de un cáncer de próstata, sin que pudiera decirle su último adiós. La Junta le había negado el visado de entrada en Birmania, sugiriendo que fuera Aung la que se trasladara a Gran Bretaña, en un nuevo intento de quitársela de encima. Ella tampoco ha visto crecer a sus hijos, con los que le han prohibido incluso hablar por teléfono.
Sigue adelante
«Tú podrías haber volado lejos, eres un pájaro en una jaula abierta que solo echará a volar a cambio de la libertad», dice la canción que el grupo irlandés U2 le dedicó, titulada Walk On (Sigue adelante»), remarcando que podía haberse ido del infierno y retomar su vida tranquila, junto a sus hijos. Pero resistirá hasta el final.
Enfrente, Aung tiene a unos generales que han llevado a la ruina a un antaño próspero país de 50 millones de habitantes, que ocupa el puesto número 1 en el ránking mundial de la corrupción y el 150 en el de la renta per cápita. Alrededor del 40% del presupuesto nacional se consagra al ejército y solo el 0,4% a la sanidad.
El general Than Shwe, de 74 años, que preside el eufemístico Consejo de la Paz y el Desarrollo, es un megalómano que vive, rodeado de misiles, encerrado en su palacio búnker de Naypyidaw -que significa «morada de reyes»-, la nueva capital construida bajo sus órdenes, situada en plena jungla. Tras ver morir a Sadam en la horca, sufre una auténtica paranoia. Teme que le pase lo mismo. Rodeado de una corte de astrólogos, uno de ellos predijo su desaparición en el 2006 si no abandonaba Rangún. Le faltó tiempo para salir corriendo.