«Mientras el Congreso discute sobre el Imperio otomano, temas como la sanidad infantil o los fallos en la inteligencia antiterrorista se siguen quedando en el tintero». Scott Stanzel, subdirector de la oficina de prensa de la Casa Blanca, criticaba a la Cámara de Representantes por su condena al genocidio de armenios.
Nancy Pelosi, presidenta demócrata del Congreso, ha escuchado los ruegos de los estados de California, New Jersey y Míchigan -con importantes minorías armenias- y ha resucitado la resolución que condena al régimen de Ankara. El primer presidente que denominó genocidio a la matanza de 1915 fue Ronald Reagan, republicano. En el 2000, Bill Clinton, demócrata, retiró del debate la misma resolución.
Muerte en la diáspora
Todo esto para entender que la atribución al padre de la moderna Turquía, Kemal Ataturk, de la muerte de 1,5 millones de armenios es materia delicada, a pesar de que los historiadores establecen que para 1917, de los tres millones de armenios que vivían en el espacio ocupado por el actual Estado, en el extinto Imperio otomano, solo quedaban 200.000.
El desastre demográfico hizo mover el eje de la población desde el corazón de la Armenia histórica -una vasta área que englobaba parte de la actual Anatolia, la Armenia ex soviética y una zona en los actuales Siria e Irán- al mismo Cáucaso.
Algunas comunidades se asentaron en las capitales de Azerbaiyán y Georgia. Los demás emprendieron el camino de la diáspora: interminables caravanas de quienes no habían tenido la suerte de haber sido rematados en sus casas y pueblos, vagaron, escoltados y privados de alimento, hacia la parte oriental de Turquía, pereciendo en masa por el camino.
La Primera Guerra Mundial había comenzado, como el final del Imperio, y los ejércitos rusos avanzaban por el norte, mientras los británicos intentaban la invasión desde el Mediterráneo. Considerados por sus núcleos liberales prooccidentales como una especie de quinta columna, los turcos decidieron eliminar el riesgo armenio con el primer genocidio moderno, antes del de los nazis. ¿Puede una democracia ignorar un pasado de estas características? Eso se cuestiona el premio Nobel de literatura, Orhan Pamuk, amenazado de muerte en su patria, Turquía, por haberse hecho esta pregunta.