En Cuba recuerdan al Che como si aún hubiese muerto ayer, cuando hace hoy ya 40 años que un soldado boliviano disparó al símbolo de la revolución
08 oct 2007 . Actualizado a las 02:00 h.Decía Bertolt Brecht: «[...] pero hay quienes luchan toda la vida, esos son imprescindibles». Algún cantante cubano, como Silvio Rodríguez, hizo de esa letra una emblemática canción y se la dedicó a hombres como el que hoy hubiese cumplido 79 años. Se trata de Ernesto Guevara de la Serna, más conocido por el Che. No necesita presentación. Su imagen es un icono en la historia contemporánea y, a pesar de lo que digan a favor o en contra, seguirá siendo referente de la rebeldía y el cambio social de los años 70. Al revolucionario, nacido en Argentina en 1928, un día como hoy (de hace 40 años) el sargento boliviano Mario Terán lo ejecutó de un disparo en una escuela pública de La Higuera (Bolivia). En 1966 viajó a ese país para promover la revolución en toda América Latina, pero un año después había sido capturado por el Ejército boliviano con ayuda de la CIA.
Pieza clave en la revolución de Cuba en 1959, junto con Fidel Castro, para derrocar a Batista, sigue vivo en el recuerdo de todos los cubanos en la isla caribeña. Es más, cualquier turista puede comprobar que su imagen tiene una abrumadora presencia si la comparamos con la del propio Fidel. Está por todos lados. En La Habana ocupa toda la fachada del Ministerio del Interior en la plaza de la Revolución. Un rostro del Che inmenso hecho a base de módulos metálicos. Camisetas, gorras, pósteres, calendarios y llaveros son vendidos en hoteles, plazas y museos a extranjeros deseos de la épica guevariana. Ni que decir tiene que su retrato figura en cada centro oficial, lugar de trabajo o en los colegios.
Una idea de la admiración que suscita el Che bien puede quedar reflejada en esta curiosa anécdota. Hace apenas dos meses, tuve que acudir a una oficina del Ministerio del Interior en La Habana vieja para cambiar un visado que llevaba como turista, porque quería residir en casa de una familia particular. Nada más entrar en el cuarto, observé un cuadro del líder similar a la foto que inmortalizó con su cámara Alberto Korda, que lo muestra con esa mirada firme en el porvenir y una estrella en la frente que se ha convertido en una de las imágenes más difundidas del siglo XX.
Pero eso no fue todo. Trabajaban ese día tres oficiales del Ejército cubano y, cuando me tocó el turno, me correspondió que me atendiese un joven (no me acuerdo de su graduación) que nació después de lo de Sierra Maestra. Me hizo las preguntas de rigor, si era la primera vez que venía a Cuba y cómo traía un visado de turista, si pensaba residir en una casa particular. En un momento, me pidió que le mostrase el pasaporte. Fue entonces cuando tuve la suerte de que al sacarlo de un bolso se me cayese encima de la mesa una fotografía de «Ernestito» Guevara, como le diría su tata Carmen Arias, porque figuran ambos. Es de cuando él tenía 2 dos años y está tomada en el Jardín Zoológico de Buenos Aires. El oficial lo reconoció en el aire y no pudo reprimir el impulso de decirme «Tienes una foto del Che», para que se armase un revuelo en la oficina. Se la enseñó a los otros oficiales, incluso a uno que estaba de vigilancia. Me preguntó cómo había llegado a mi poder y le dije que era una copia de una foto inédita que publicamos en el periódico La Voz de Galicia sobre una criada gallega que habían tenido los padres del Che. Lo que sucedió a continuación fue que me terminó de atender una compañera del mencionado militar, cesaron las preguntas y se aceleraron los trámites, aunque al final me dijo si podía hacerle el favor de regalársela. No pude satisfacerla, porque la tenía reservada para dársela a la esposa de Ernesto Guevara. Así se lo dije y me miró con cara de resignación.
Con humor cubano
Otros ejemplos los encontraríamos en la sociedad civil, incluso en toda una generación de cubanos posterior a su muerte. Lo recuerda por la inolvidable consigna que sonaría en la voz de los coros formados en estrictos pelotones frente a una bandera zurcida, pero ondulante y soberana, en los patios de los colegios y que rezaba: «Seremos como el Che». Siempre daba pie al sarcasmo de algunos incrédulos expectantes entre padres y peatones que aseguraban con sorna que aquella emblemática frase se refería a que serían asmáticos, no guerrilleros. Pero la revolución no escatimó inversiones en la salud de su nuevos hijos. La juventud cubana en general ve entereza en la personalidad de su héroe.
Si algo les sobra a los cubanos, además de dignidad como pueblo, es el humor y no se salvan ni los descendientes del Che. Se dice que inventó el trabajo voluntario con su ejemplo cuando era ministro de Industria, dedicando alguna jornada dominical en beneficio del Estado. Hace unos dos años, una nieta suya se encontraba en la Escuela Lenin de La Habana haciendo el pre (curso previo a la universidad) y un buen día en el recreo, cuando hacían uno de esos trabajos voluntarios, tuvo que escuchar a una compañera que le gritaba en broma: «Oye, dale candela, rapidito, que el trabajo voluntario lo inventó tu abuelo». Se lo tomó bien y terminaron echando unas risas entre el grupo.