Un apaño urdido por Londres y Washington

Miguel A. Murado

INTERNACIONAL

Una vez más, el Pakistán de Musharraf proporciona un espectáculo grotesco. Esta vez es el de un presidente electo (él) que debe esperar a que el Tribunal Supremo decida si tenía derecho siquiera a presentarse como candidato. Con un Parlamento elegido con pucherazo y el boicot de la oposición, ganar era lo fácil. La decisión del Supremo es menos predecible, pero si los jueces valoran su vida darán luz verde al hombre que sigue mandando en el país.

Importa más lo que hay detrás de todo esto: un complicado plan urdido en Londres y Washington para llevar algo de orden (no necesariamente democracia) a la política paquistaní. Se evitaría así lo que amenaza con convertirse en una revuelta popular que Musharraf resolvería con un desastroso golpe de Estado.

La operación consiste en que Musharraf dejará la jefatura del Ejército por la presidencia el país. Su lugar lo ocupará el general Kiani, hombre de numerosos méritos, entre los que están el de presidir la Federación de Golf de su país y, sobre todo, mantener una estrecha relación con Washington. Él garantizará que la lucha contra el terrorismo siga el curso trazado en la Casa Blanca.

Mientras, Musharraf compartirá de mala gana el poder con la opositora Benazir Bhutto, a quien hasta hace poco quería meter en la cárcel. El pacto con Bhutto, muñido en Londres, ya está en marcha. Sus diputados no boicotearon la elección ayer, tan sólo se abstuvieron, y Musharraf la dejará volver el día 17, víspera de la crucial decisión del Supremo, al cual también le habrán dado un toque desde Londres y Washington.

A Bhutto se le permitirá tener un buen resultado en las elecciones del año próximo y será primera ministra, pero sus tareas quedan limitadas a la gestión de la penosa economía y a la creación de un «centro» político que arrincone a los partidos musulmanes, incluidos los moderados con los que Musharraf tenía una alianza.

Desde su exilio, el otro líder de la oposición, Nawaz Sharif, se niega a participar en este apaño y cree que puede aprovechar el descontento general para organizar una protesta que derribe al Gobierno. Sharif piensa que el pacto Musharraf-Bhutto llega demasiado tarde, y quizá tenga razón. De momento, Musharraf, Bush, Bhutto y Gordon Brown mantienen los dedos cruzados. Porque si el día 18 el Tribunal Supremo votase en conciencia, el plan se vendría abajo antes de empezar. No es probable, pero este es sólo el primero de los obstáculos a superar.