¿Quién teme al viejo Cara de Piña?

INTERNACIONAL

Los panameños creen que existe un acuerdo secreto para que Noriega, que hoy cumple su condena de 17 años en EE.UU., sea extraditado a Francia y no regrese a su país

09 sep 2007 . Actualizado a las 02:00 h.

Panamá se estremeció el 16 de septiembre de 1985. Aquel día el cuerpo sin vida del médico guerrillero Hugo Spadafora apareció metido en una saca de correos de Estados Unidos. Le habían arrancado las uñas, tenía la espalda amoratada, dos costillas rotas, los testículos hinchados, el recto deformado a causa de varias violaciones anales y gran cantidad de sangre en el estómago, que se había tragado cuando sus torturadores le cortaron la cabeza, aún con vida.

Spadafora había sido el primero en atreverse a denunciar por tráfico de armas y de drogas al hombre fuerte de Panamá, el corrupto narcodictador Manuel Antonio Noriega, que ordenó eliminarlo. «Para muchos panameños, la horrible muerte de Hugo Spadafora fue el primer error fatal en el camino que conducía a la caída del general», escribe Frederick Kempe en Noriega. Toda la verdad.

¿Causa Justa?

Pero esa caída tuvo que esperar más de cuatro años. Hasta que el presidente George Bush padre invadió en la madrugada del 20 de diciembre de 1989 el pequeño país del istmo, saltándose todas las reglas del derecho internacional. La denominada operación Causa Justa fue la mayor de la historia destinada (en apariencia) a la caza y captura de un solo hombre y la acción bélica exterior más importante de EE.?UU. desde la guerra de Vietnam. Pero si el objetivo declarado era capturar a Cara de Piña, el apodo del dictador por su rostro marcado de viruela, y restaurar la democracia, el oculto era colocar en el poder a un Gobierno pronorteamericano que asegurara a Washington el control del canal de Panamá.

Noriega se rindió finalmente el 3 de enero en la Nunciatura del Vaticano, donde se había refugiado. Los estadounidenses entraron a sangre y fuego en Panamá, matando a cientos de civiles, apresaron a su líder, un cruel dictador pero no más sanguinario que Pinochet, Stroessner o Videla, y lo trasladaron a Florida para encarcelarlo.

Noriega, de 73 años, iba a salir hoy de la cárcel de Miami donde ha pasado los últimos 17. En 1992 fue condenado a 40 por haber colaborado con el cartel de Medellín para el envío de grandes cantidades de cocaína a EE.?UU. y blanqueo de dinero. La pena se le redujo más tarde a 17 por buena conducta.

El ex dictador pretendía volver a Panamá, pero el juez estadounidense William Turnoff autorizó en agosto su extradición a Francia, donde en 1999 fue condenado en ausencia a 10 años por lavado de dinero procedente de la droga. Sus abogados están tratando de paralizarla in extremis. Alegan que allí será juzgado como un delincuente común y no tendrá el estatus de prisionero de guerra con que contó en EE.?UU.

¿Por qué ir a Francia primero si en Panamá tiene aún siete condenas por cumplir, dos de ellas por los asesinatos de Spadafora y Moisés Giroldi, de 20 años cada una? ¿Quién teme el regreso del hombre que trabajó durante tres décadas para la CIA, en las que cobró 10 millones de dólares, fue informante de Fidel Castro, colaborador del narco Pablo Escobar y se convirtió en el enemigo número uno de EE.?UU. cuando ya no le servía?

Su abogado Frank Rubino mantiene que «Panamá no le quiere, porque ellos (los que mandan) tienen miedo a su retorno». No sólo lo piensa él. Dos de cada tres panameños, según las encuestas, creen que hay un acuerdo secreto entre Washington, París y Panamá para impedir la vuelta del ex general.

La oposición acusa al Gobierno de Martín Torrijos -hijo del dictador Omar Torrijos- de haber hecho bien poco para que volviera a Panamá, aunque también ha pedido su extradición, porque teme que Noriega ponga en evidencia que muchos de quienes fueron sus más férreos colaboradores ocupan hoy puestos de relevancia en el poder.

El diario La Prensa ha publicado una larga lista, en la que destacan el que fuera ministro de Exteriores de la dictadura, Jorge Eduardo Ritter, hoy encargado de elaborar los discursos del jefe del Estado, o Balbina Herrera, actual ministra de Vivienda, que dio refugio a Noriega durante su huida de los estadounidenses.

Operaciones secretas

Como escribe Kempe, «Estados Unidos fue el primer padrino de Noriega, el primer promotor y consejero, hasta que terminó por convertirse en su enemigo». Noriega sabe mucho de las operaciones secretas de Washington, que le siguió manteniendo en nómina cuando conocía perfectamente sus excesos. «La Administración Reagan ya le estaba pagando de 185.000 a 200.000 dólares a pesar de las pruebas que demostraban que estaba implicado en el narcotráfico, que había robado elecciones, que había aprobado la decapitación de un oponente político y que había corrompido toda una estructura militar y política», señala Kempe. Tampoco Bush hijo está interesado en que el hombre que depuso su padre después de contribuir a crearlo como director de la CIA vuelva a Panamá y resucite viejos fantasmas.

Aunque un Noriega convertido en cristiano renacido en la prisión, donde leía la Biblia compulsivamente, ha repetido que ya no se meterá en política, hay muchos que creen que aún podría tener apoyo en su país.