La sombra de los talibanes La gran obra todavía inacabada vigila la ciudad de Kandahar como un fantasma. Aquí nadie tiene muy claro que los integristas islámicos no vayan a volver
14 may 2007 . Actualizado a las 07:00 h.Es poco más que unos cimientos de hormigón con los hilos de acero al descubierto y algunos arcos de cemento esbozados al estilo islámico. El techo se sostiene con decenas de maderos retorcidos que hacen las veces de puntales. En cualquier otro lugar del mundo sería un simple edificio cuya construcción se ha parado por problemas administrativos. Pero Kandahar no es cualquier lugar y este edificio es la mezquita que el mulá Omar, el líder espiritual de los talibanes, mandó construir para mayor gloria de Alá y de su movimiento. Nos hemos acercado intentando no llamar la atención porque el lugar tiene fama de ser un nido de activistas talibanes. En una de las puertas hay tres tipos con turbante negro y largas barbas que se protegen del sol. Nos ven y se inquietan. Intentamos hablar con los tenderos del mercado que rodea las obras. Aladad Agha, un vendedor de pepinos que esparce agua sobre su mercancía para hacerla parecer más apetitosa, nos mira con cara de pocos amigos. Le preguntamos sobre la mezquita. No quiere hablar. Nadie quiere hablar. «No conseguiréis que nadie opine sobre la mezquita. La gente tiene miedo. A hablar contra el Gobierno y que el Gobierno se vengue. A hablar contra los talibanes y que los talibanes se venguen. La gente espera. Quiere saber quién va a ganar esta guerra antes de elegir bando», nos cuenta después Abdul Basit Hamidi, un profesor de informática. La mezquita es como un fantasma que vigila Kandahar, el recuerdo constante de los años de dominio talibán y la amenaza de un retorno que aquí ya nadie descarta. Es una presencia tan fuerte que el Gobierno no se atreve a tocarla. La construcción empezó en 1997 y está parada desde la caída del régimen. Ni siquiera ha tenido valor para retirar la grúa que se oxida a pie de obra. «La gente quiere que se acabe de construir para poder ir a rezar», dice Abdul Basit. Aún en el estado de construcción en el que está, cientos de fieles acuden allí cada día. Tampoco nadie se ha atrevido a cambiarle el nombre. Seguimos el rastro del tuerto Omar por la ciudad que fue su centro de poder antes de que escapara al cerco norteamericano en una motocicleta. Circulamos a través de unas calles en las que apenas se ve un puñado de mujeres, todas cubiertas con burkas. Carretera de los suicidas Llegamos a la avenida Drai Maidan, el trozo de carretera en el que más atentados suicidas ha habido en todo Afganistán. Más de 80. Casi todos contra extranjeros o contra afganos que trabajaban para ellos. Younes, nuestro chófer, nos habla de los pros y los contras de los talibanes. «En general estoy mejor ahora, porque puedo escuchar música y afeitarme, pero echo de menos la seguridad que había con ellos. Podías llevar mucho dinero en la cartera sin ningún miedo», dice. Él nunca vio a Omar: «Nadie lo veía. No se mostraba en público». Vamos a la casa que ocupó el mulá, un recinto que ahora alberga una base norteamericana. En el canal de agua cercano, unos niños combaten el calor. «Omar escogió el lugar porque debajo hay una mina de oro. Los norteamericanos han venido a llevárselo», dice muy serio. Parece una leyenda urbana, pero en Kandahar mucha gente la cree.