El Transantiago atasca al Gobierno de Bachelet

Arturo Lezcano González ENV. ESP. | SANTIAGO DE CHILE

INTERNACIONAL

IAN SALAS

Crónica | Crisis política en Chile por el nuevo sistema de transporte La implantación del nuevo sistema de transporte colapsa la capital chilena y provoca más de mil detenidos por las protestas y un cambio de Gabinete

05 abr 2007 . Actualizado a las 07:00 h.

La capital del país atascada, las calles atenazadas por las protestas y el despacho con un trajín propio de una hora punta. Ese es el panorama que afronta cada día la presidenta de Chile, Michelle Bachelet, desde hace dos meses. Paradójicamente, ese es el tiempo que lleva en funcionamiento el nuevo sistema de transporte de Santiago de Chile, Transantiago, pensado para aliviar el tráfico y la contaminación de una ciudad de seis millones de habitantes. Lejos de modernizarla y adecuarla al buen momento económico del país, la propuesta ha hecho estallar la ciudad en las manos de la presidenta. Las críticas y la indignación popular han obligado a Bachelet a cambiar su gabinete para sortear una crisis que le ha costado un bajón en sus índices de aceptación y las críticas de sus propios socios de gobierno. Transantiago es una idea nacida en el gobierno de Ricardo Lagos para racionalizar la caótica red de transporte público de la capital chilena. Desde que Pinochet la liberalizó en 1979, cientos de empresas daban servicio sin orden establecido y los autobuses se agolpaban en el centro de Santiago, una ciudad que aglutina el 40% de la población del país. Ante el caos del tráfico y los altísimos niveles de polución de una urbe empotrada entre las montañas de los Andes, se elaboró un plan basado en el exitoso Transmilenio de Bogotá. Gracias a una ingente inversión, Transantiago dividiría la red de autobuses, que se integrarían con el metro. El cambio se completaría con una moderna flota de autobuses, una serie de vías exclusivas y una tarjeta de pago electrónico común a todos los servicios. El 9 de febrero pasado Bachelet inauguró el sistema y a partir de ahí empezaron los problemas para la población. Y para la presidenta. Los habitantes de los barrios periféricos y los más desfavorecidos se han visto atrapados por la nueva red. Ahora tardan mucho más tiempo en trasladarse y muchas veces ni siquiera encuentran el itinerario adecuado, lo que derivó en las primeras críticas. Las protestas se convirtieron en una auténtica rebelión que se ha saldado con más de mil detenidos, en su mayoría menores de edad. Los «pingüinos» Los jóvenes estudiantes, apodados pingüinos , ya protagonizaron en el 2006 una protesta contra el sistema educativo que desembocó en un cambio de gabinete. Ahora, la crisis se ha trasladado a los corredores políticos de nuevo. Cuatro ministros dejaron su puesto para salvar una crisis sobre la que Bachelet tuvo que bascular para evitar desequilibrios en la Concertación, la coalición que domina Chile desde 1990. Para ello renunció a su política de paridad y a su preferencia por rostros nuevos y se apuntó a la autocrítica: «No se puede tolerar que un sistema para integrar la ciudad sea fuente de discriminación. Los santiaguinos se merecen nuestra disculpa», dijo Bachelet, que acumula una caída de 12 puntos en su popularidad desde el inicio del conflicto. El nuevo ministro de transportes, René Cortázar, ha anunciado un incremento de la inversión en 30 millones de dólares, el aumento del número de autobuses de 5.400 a 6.400, la creación 2.500 nuevas paradas y la intensificación de frecuencias. «Yo lo puedo decir como taxista y habitante de la periferia: Transantiago es un desastre. Aunque es una buena idea, no creo que la gente se acostumbre. Antes cualquiera subía a un bus y sabía que llegaba a destino. Ahora no sabe lo que va a pasar, y muchos incluso suben a los taxis, mucho más caros», dice Gustavo Suárez mientras conduce por el centro de Santiago. Una encuesta elaborada por la Cámara de Comercio muestra que seis de cada diez santiaguinos no llegan a tiempo a trabajar y que ha habido un bajón del consumo. «La gente evita las horas punta porque es como subirse a una lata de sardinas», asegura Ignacia Bravo, universitaria. «La peor parte se la lleva la gente de menos recursos económicos, porque muchos de los recorridos previstos no están listos y en sus barrios tienen que caminar el doble para llegar a un bus que va a estar colapsado. Aún así, ya se empieza a notar menos contaminación acústica. Creo que puede llegar a funcionar», añade.