Jóvenes de Al Fatah y Hamás intentan emular a los europeos vistiendo, saliendo de copas y escuchando lo último en música
27 dic 2006 . Actualizado a las 06:00 h.Ellos beben alcohol, hacen su particular botellón con argila y escuchan algo más que música árabe. Ellas son atrevidas, incluso con velo. Fuman, visten vaqueros y hacen la guerra cruzando los controles israelíes con botas de leopardo y pantalón pirata blanco. No importa que los jóvenes palestinos sean partidarios de Al Fatah, o que comulguen con los ideales de Hamás. Unos y otros se han ido construyendo un tipo de movida que crece a la sombra del muro, que separa Cisjordania de Israel. Palestina es un territorio joven. El 52,5% de la población tiene menos de 17 años y otro 26,9% no llega a la treintena. Haffa tiene 28 años. Vive en Belén y está obligado a conformarse con fumar argila en la casa de sus amigos o en algún restaurante de Beit Jala. «Me gustaría cruzar el muro para ir a Jerusalén, pero no me dejan. Si eres menor de 27 años y no tienes hijos, eres un elemento de riesgo para Israel y no suelen darte permiso para cruzar», explica. Para distraerse da vueltas en el coche por la ciudad, sube hasta Beit Jala o da un paseo por los campos de refugiados de la zona. Pero el vicio le sale caro. El litro de combustible le cuesta 1,20 euros. El aburrimiento es la bala que mata poco a poco a Haffa. Porque la fiesta, en Belén, se concentra en Navidad. También dispara a la frente de Ranna, para quien ir a la facultad es un acto social. «No quiero que lleguen las vacaciones porque entonces no tengo que hacer. No hay nada, sobre todo para nosotras», comenta esta estudiante de la Universidad de Belén. La población palestina es una de las que tienen uno de los índices de analfabetismo más bajos de Oriente Medio, sólo el 0,8%. Y la mayoría de los universitarios rematan con éxito sus estudios. Haffa y Ranna viven a tan sólo doce kilómetros de Jerusalén, donde el mundo de la noche es semejante al de cualquier ciudad europea. Pero el privilegio de ser moderno a lo occidental les está vetado. Haffa no puede cruzar los controles israelíes, y Ranna, que es árabe cristiana, debe aprovechar para entrar en Israel los 30 días de permiso que le ha concedido, este año por primera vez, el Gobierno hebreo con motivo de la Navidad. A Haffa, que es musulmán, le queda Ramala. Pero para ir a la capital de Cisjordania, la ciudad con más movida de toda Palestina, ubicada a sólo unos 50 kilómetros de Belén, debe atravesar las montañas en un taxi colectivo. Escuchar a un grupo de hip hop en el teatro Al Kasaba o ver una representación de Bodas de Sangre, en la ciudad de la Mukata, le supone un viaje en montaña rusa a través de campos de refugiados, colonias judías, controles y barrancos más profundos que los de Os Ancares. Pero el viaje, que nunca sabe cuánto durará, vale la pena. En Ramala hay restaurantes al más puro estilo occidental, locales de copas y cafeterías que ofrecen los periódicos del día y libros en árabe e inglés. Los grupos de dance y hip hop ofrecen conciertos que abren el abanico de gustos musicales de los jóvenes palestinos. A Omar le gusta el dance, pero desconoce todavía el funk. «Todos los días puedes tomarte algo, escuchar a un grupo, bailar. Hacerse con una piedra de hachís o con un gramo de marihuana no es complicado», dice. Las pastillas, una droga muy asociada al mundo del techno, son un punto y aparte reservado a otras ciudades ubicadas en el territorio de Israel. Basta con cruzar a Jerusalén para ver cómo cambia la vida de los jóvenes árabes. Esta capital histórica cuenta con un elevado número de palestinos de origen, pero con nacionalidad israelí. El hecho de hablar árabe y hebreo les facilita la integración en bares y restaurantes frecuentados por judíos. Allí, a altas horas, no hay árabes extremistas ni judíos radicales, sólo gente de copas. Los jóvenes en Palestina, tanto los partidarios de Al Fatah como los de Hamás, se han ido construyendo su propia movida.