2. Los detractores del régimen Los descontentos con el Gobierno castrista aluden a la falta de oportunidades y al férreo control para justificar sus ideas
05 dic 2006 . Actualizado a las 06:00 h.Media tarde en una ciudad cubana atrofiada por la cercanía de la capital y el crecimiento turístico de una zona colindante. Decadencia en la decadencia. Un hombre que parece cualquier cosa menos un jinetero me hace la pregunta clásica de los buscavidas: «¿De dónde es usted?». Digo la verdad y mi ocasional contertulio me cuenta algunas cosas sin valor sobre la ciudad antes de preguntarme sobre la opinión que en España tenemos sobre Cuba. Me está sondeando, pero uso las ambigüedades justas; está claro que no soy un revolucionario. Así que el hombre, que frisa los cincuenta, se va soltando. Y me cuenta la teoría de la foca. Según dice, recientes investigaciones demuestran que los cubanos no descienden del mono, sino de las focas porque a cada promesa de su Gobierno no aplican la reflexión, sino el aplauso. Disidencia con humor. «¿Conoce usted algún país normal donde un dirigente ceda a su hermano todo el poder como si se tratara de una herencia personal?» Buena pregunta. Le replico con la educación obligatoria y la sanidad gratuita, y él expone que los cubanos apenas pueden probar la carne de ternera (precios prohibitivos) o que los niños solo reciben leche hasta los siete años. Cada logro revolucionario que yo apunto es contestado con otros contralogros descorazonadores. «Nosotros queremos un cambio pacifico, sin violencia», afirma mientras me enseña algunas tarjetas que ha ido recopilando, entre ellas la de una catalana parlamentaria en Bruselas, y me cita una serie de siglas de asociaciones de disidentes. Críticas al Gobierno Con todo, hay algo extraño en esa breve conversación. Durante varios días me he topado con una barrera que frena la locuacidad de los cubanos cuando las preguntas se complican, pero este hombre expresa con toda franqueza sus criticas al Gobierno: «Yo mantengo su mismo espíritu -dice mientras señala una estatua cercana-, hay que arriesgar lo que sea para conseguir la libertad del pueblo». La estatua es la de Jose Martí. Resulta difícil no creerle, sobre todo teniendo en cuenta que yo no me identifico como periodista, para él sólo soy un turista mas, y que la charla que hemos mantenido en medio de la calle únicamente va a tener eco en mí, y tal vez en mi entorno. Su labor parece descomunal: intentar, turista a turista, ofrecer la otra cara de la dulce y calurosa isla a cambio de arriesgar en cada intento su libertad y quizás algo más. Difícil saber cuantos disidentes hay encarcelados en Cuba. Se habla de varios centenares, incluso de que una conversación con un turista según en qué lugar y en qué contexto puede ser motivo de advertencia la primera vez, de juicio la segunda y, a la tercera, de cárcel. Se habla también de que sacrificar una vaca son, al menos, siete años de presidio. Las vacas son casi tan sagradas como en la India, porque su muerte priva a muchas personas de la leche que diariamente recoge y distribuye el Estado. En cualquier caso, es infrecuente toparse con la disidencia de forma tan directa. Pero no imposible. Luisa (nombre ficticio) viaja desde La Habana a casa de sus padres. Tiene 20 años y la recojo en el entorno de la autopista central. Charlamos durante la media hora del viaje. No está muy entusiasmada con su formación académica, pese a que tiene un empleo asegurado: «Sí, el Gobierno me dará empleo y luego moriré de hambre».