El nuevo Partido de la Izquierda, una alianza entre poscomunistas del Este y un grupo de decepcionados con Schröeder, amenaza con revolucionar la política germana
03 sep 2005 . Actualizado a las 07:00 h.«En el Este de Alemania se encuentra lo mejor y lo peor de este país». Es un comentario que he escuchado en muchas ocasiones y que viene a resumir la búsqueda de identidad de los germano-orientales. Quince años después de la reunificación, todavía se debaten entre la nostalgia por los ideales marxistas, el pleno empleo artificial, y la constancia de que la libertad tiene su precio. Dieciséis años después de la caída del Muro, todavía se sienten ciudadanos de segunda clase, incomprendidos por sus paisanos del Oeste. Por eso, es en la Alemania que vivió más de medio siglo de dictadura soviética, donde el voto es más volátil. Si en las pasadas elecciones regionales los partidos de la ultraderecha cosecharon importantes éxitos en Sajonia y Brandeburgo, en las legislativas que se celebran dentro de quince días es el recién fundado Partido de la Izquierda, el que lleva todas las de ganar. Todo apunta a que el voto de protesta, el de la frustración ante una tasa de paro (20%) que duplica la germano-occidental, irá a parar a las redes de Oskar Lafontaine y Gregor Gysi, dos viejos zorros de la política, que se han erigido en adalides de los desfavorecidos. El PI, parido en un tiempo récord de la fusión entre los poscomunistas del PDS y la WASG (siglas en alemán de la Alternativa por el Trabajo y la Justicia Social) fundado por sindicalistas y desencantados con las reformas de Schröeder, vienen a ocupar el hueco que el SPD ha dejado a la izquierda. Oskar el Rojo La vuelta de Oskar Lafontaine, el Napoleón del Sarre, al ruedo electoral ha sido clave a la hora de convertir de la noche a la mañana al PI en la tercera fuerza política del país. Oskar el Rojo , que en 1998 dejó el ministerio de Finanzas y la presidencia del partido socialdemócrata, dando un sonoro portazo en las narices de Schröeder, ha salido de las trincheras para liderar este frágil conglomerado de fuerzas, unidas con el objetivo de volver al Bundestag. Junto con el líder poscomunista Gregor Gysi, agitan la bandera de la nueva izquierda. La misma que en el congreso que celebraron la semana pasada en Berlín, aprobó un programa electoral cargado de promesas, como un salario mínimo de 1.400 euros brutos mensuales, que nadie se explica cómo van a financiar. Y con un enemigo declarado: su antiguo compañero de fatigas, Gerhard Schröeder. Lafontaine, el enfant terrible de la socialdemocracia alemana, no ha perdido oportunidad de atacar al partido que integró hasta el pasado junio. Ahora lucha «contra el neoliberalismo» y del resultado que coseche dentro de dos semanas depende el futuro político del país. El PI puede alterar el espectro político, impidiendo la formación de un gobierno estable. Aunque han perdido parte del fuelle inicial, y ahora las encuestas les conceden entre el 8 y el 10%, puede acabar obligando a formar una coalición a los dos grandes partidos que se alternan en el poder desde hace décadas. A no ser que alguno se preste a aliarse con el «leproso innombrable», como llaman sus antiguos compañeros de partido a Oskar el Rojo . Donde el nuevo populismo de izquierdas tiene asegurada la tercera posición es en el Este. Muchos se preguntan ¿por qué prefieren aquí al tándem Gysi-Lafontaine antes que a su paisana Angela Merkel? Aunque la candidata conservadora a la cancillería creció en la RDA, ha hecho toda su carrera en «el otro lado». Al contrario que Schröeder, no ha hecho de la reconstrucción del Este uno de los temas claves de su programa. Y no tiene pelos en la lengua a la hora de espetar a sus compatriotas a renunciar al tono lastimero. No llega, eso sí, a los extremos de su socio bávaro, Edmund Stoiber, que directamente ha calificado a los germano-orientales de «frustrados», dando rienda suelta a su indignación porque todo apunta a que, una vez más, el Este de Alemania decidirá el próximo gobierno teutón.