Viaje al «corazón» de Colombia | El corredor vital de las FARC Los vecinos de Toribío y Jambaló, dos pueblos de la montaña al sureste de Cali, resisten atrincherados en medio de intensos combates entre el Ejército y las FARC
22 may 2005 . Actualizado a las 07:00 h.«Al principio escuchamos tiros, pero no hicimos caso. Luego nos dimos cuenta de que estaba feo cuando la primera explosión nos tumbó el techo. Entonces salimos corriendo por entre los tejados hasta llegar al cafetal, bala va, bala viene». Favia Escobar vive en Toribío, pequeño pueblo a unas dos horas en coche de la colombiana ciudad de Cali. Desde que hace unos meses la guerrilla FARC reiniciara ataques esporádicos en distintas zonas del país para demostrar que no está tan debilitada como el Gobierno de Uribe piensa, Toribío y su vecino Jambaló han sido quizá los pueblos más golpeados, aunque sólo ha habido que lamentar la muerte de un policía y un niño. Favia, como muchos otros, ha perdido todo, tenía la tienda de abastos más grande del pueblo y sobre ella su casa; ahora no hay más que un solar lleno de escombros. Logró salvarse con toda su familia, incluida su pequeña nieta de dos meses. La montañosa zona al sureste de Cali tiene una alta densidad de población entre los numerosos pueblos y casas desperdigadas a lo largo de las carreteras sin pavimentar, flanqueadas por maleza y barrancos. Muchas son las teorías para explicar los ataques de la FARC a las dos poblaciones. Según una fuente del ejército, éste es el único corredor vital que le queda a la guerrilla ante la intensa ofensiva militar que se libra contra ella al sur del país. Según las autoridades indígenas que gobiernan estas tierras, pues la mayoría de la población es de la etnia paez, ésta es una ofensiva contra su resistencia pacífica, de la que culpan tanto a las FARC como al ejército. Según la población, la guerrilla ataca porque la policía ejerce una fuerte presencia en el pueblo, levantando trincheras con sacos de arena dentro del casco urbano. «Esta no es nuestra guerra», asegura Marcos Cuetia, alcalde de Jambaló perteneciente a la etnia paez. Los indígenas de estas tierras se han unido en un plan pacífico de resistencia donde rechazan cualquier tipo de violencia. En el caso de Jambaló, como en otros 161 pueblos de Colombia, la policía llegó durante el mandato de Uribe, después de 20 años en los que la guerrilla suplió la presencia del Estado. A diferencia de otros colombianos, los indígenas no se desplazan. «Lo último es abandonar la tierra» aseguran. A las afueras de Toribío, banderas blancas flanquean una gran casa comunal, uno de los cuatro lugares designados por los indígenas para llevar a cabo su plan de resistencia. Apenas escuchan el infernal silbido del arma preferida de las FARC, una bombona de gas propano lanzada desde un mortero artesanal y que estalla igual que una bomba, todos saben donde tienen que correr. Se juntan en grupos y van a los lugares acondicionados con mantas, baños y agua para resistir lo que haga falta. «Ni la guerrilla ni el ejército van a disparar en medio de la montonera», explica Arquímedes Vitonás, alcalde de Toribío, que se quedó durante las 9 horas que duró el primer ataque en el casco urbano despachando víveres a las casas comunales, donde la población resistió ocho días hasta que pararon las balas. A pesar de que en uno de los barrios la guerrilla alertó del ataque con megáfonos a la población civil para que evacuaran, otros no tuvieron más remedio que correr entre las explosiones, que destruyeron 350 casas. Los pobladores de estas tierras se hallan en una encrucijada, pues, aunque contrario a la ley indígena, muchos jóvenes se han incorporado a las filas de las FARC. «Se han desarmonizado», sentencian sus mayores. Las autoridades los presionan para que colaboren con información, cosa que no hacen, unos por convicción y otros por miedo. Afuera del puesto de policía en Jambaló, que más bien parece un campamento militar, seis indígenas detenidos aguantan el frío de la noche. Son parte de las detenciones masivas llevadas a cabo en los últimos días que el alcalde no duda en tachar de «arbitrarias». Asesinato de un niño Recientemente las FARC asesinaron en Toribío a un niño de 12 años porque le hacía recados al ejército a cambio de unos pocos pesos, y a una adolescente porque «andaba en amores» con un policía. «Al final es una guerra entre nosotros mismos, matándonos aquí entre pobres», se lamenta el alcalde de Jambaló. Los ataques sucedieron hace un mes, la guerrilla sigue merodeando por las montañas, el ejército ha mandado refuerzos y la policía otea desde los pequeños ventanucos de la trinchera levantada delante de la casa de cultura. «No son trincheras, son puestos de policía», asegura el comandante de Toribío. «¿Si no nos defendemos nosotros mismos, cómo vamos a defender a la población?». El alcalde de Jambaló no piensa lo mismo: «En lugar de proteger a la población civil, es ésta la que termina protegiendo a la policía». Favia perdió 22 años de trabajo y unos 150.000 euros, pero a los ocho días del ataque ya tenía otra tienda de abastos, mucho más pequeña que la anterior, y vuelta a empezar. «No tengo rabia, tengo tristeza, desilusión», dice apretando los dientes con la fortaleza propia del que sabe que cada nuevo día es un regalo.