Muchos marroquíes están decepcionados ante la confianza de un cambio con la llegada al trono de Mohamed VI, que han visto, en mayor o menor medida, frustrado.
16 ene 2005 . Actualizado a las 06:00 h.En una viñeta publicada en Le Journal , una de las revistas más críticas de Marruecos, se observa a un padre pasear por la calle con su hijo. El chaval señala un enorme sol, en cuyo interior se puede leer «La transición democrática», y exclama: «¡Mira cómo brilla, papá!». El padre responde: «No, hijo, es sólo un espejismo». Espejismo o no, la viñeta refleja la decepción de muchos marroquíes por la eterna espera de un cambio en el que confiaron tras la subida al poder del rey Mohamed VI, en el año 1999, y que han visto, en mayor o menor medida, frustrado. Un cambio que se antoja necesario en un país que se debate entre la tradición y la modernidad, con un alto porcentaje de población rural (42%), casi un quinto de sus habitantes viviendo por debajo del umbral de la pobreza, y un índice de analfabetismo en torno al 50%. Marruecos ocupa el puesto 125, de 177 países, en el índice de desarrollo humano del PNUD. España está en vigésimo lugar. Esta situación, unida a la falta de perspectivas de futuro y una visión idílica de la vida al otro lado del Estrecho, ha generado una auténtica sangría emigratoria para el país. Datos oficiosos cifran en cinco millones los marroquíes residentes en el extranjero. El nuevo rey A su llegada al trono, el rey Mohamed VI tomó una serie de decisiones que le reportaron gran popularidad: destituyó al temido e influyente ministro de Interior Driss Basri; visitó el Rif, una región históricamente ignorada por Rabat; promulgó la mudawwana (código de familia), que equipara a la mujer y al hombre en el matrimonio y prácticamente impide la poligamia; realizó gestos en reconocimiento de la cultura bereber, entre otras acciones. Sin embargo, a partir de finales del 2001, Marruecos comenzó una involución democrática que originó las denuncias de Amnistía Internacional por la generalización de la tortura y los abusos policiales en el país. A los atentados de la Casa de España en Casablanca, en mayo del 2003, en los que fallecieron 46 personas (entre ellos cuatro españoles), siguió una ola de represión contra presuntos islamistas, con la detención de al menos 4.000 personas en los cinco meses siguientes. A su vez, la encarcelación ese mimo año del periodista Alí Lmrabet por «criticar a la institución monárquica» en una viñeta mostró la fragilidad de la presunta libertad de prensa en el país. Una iniciativa inédita Recientemente, Mohamed VI ha querido recuperar su imagen de monarca aperturista con la puesta en marcha de la Instancia Equidad y Reconciliación (IER), una iniciativa inédita en el mundo árabe. Desde el pasado diciembre, antiguos presos políticos y represaliados entre la independencia del país, en 1956, y el fin del reinado de Hasán II narran sus experiencias en audiencias públicas retransmitidas por los canales de la televisión pública, aunque no pueden citar los nombres de sus presuntos torturadores. Para este año, el palacio real prepara una Ley de Partidos que obligará a las agrupaciones políticas a realizar asambleas y actuar con transparencia, pero prohibirá las formaciones políticas netamente religiosos o regionalistas.