Unicef impulsa el regreso a las aulas para paliar los daños psicológicos en los niños Muchas escuelas ceilanesas aún siguen ocupadas por los desplazados.
10 ene 2005 . Actualizado a las 06:00 h.Aasheck guarda cola en el locutorio de un pequeño pueblo del distrito de Tricomalli, al noreste de Sri Lanka. Tiene doce años y quiere enviar un fax. Es una carta manuscrita en la que cuenta a los responsables de educación la situación de su vieja escuela. El centro fue prácticamente destruido por el tsunami. La fuerza del agua arrastró las pizarras y los libros y deshizo las letras redondeadas de los cuadernos de ortografía. Se salvó la pizarra, salpicada con pequeñas motas blancas de sal. Este año las vacaciones estivales (durante las navidades occidentales, el sureste asiático disfrutaba de sus vacaciones de verano) han sido duras para este chico. Algunos de sus compañeros están desaparecidos y otros dos descansan para siempre en una fosa común excavada frente al mar. Volver a clase no le será fácil, pero quiere regresar, volver a la normalidad. Por eso ha escrito esa carta y por eso la quiere enviar por fax a Colombo. Aasheck, que es musulmán como la mayoría de los habitantes de Tricomalli, pide libros y material escolar para su colegio religioso, tal y como especifica en la misiva dirigida principalmente a sus hermanos musulmanes. Respeto a la arena Regresar a las aulas, como pretende Aasheck, es una de las medidas de urgencia impulsadas por el Gobierno a sugerencia de Unicef. Es el primer paso de la escalera que conduce hacia la normalidad. El objetivo es evitar o paliar los efectos psicológicos del maremoto en los más pequeños. Algunos niños de Kinnia, por ejemplo, aún no se atreven a pasear por la arena. Sonríen como si no les hubiera pasado nada, pero cuando quieren mostrar a alguien el mar sólo se asoman hasta el montículo de tierra y escombro en que quedó convertido el paseo marítimo de su pueblo. Por eso ayer, la mayor parte de los centros escolares de Sri Lanka reanudaron su actividad en un intento de borrar la historia escrita durante al menos los últimos quince días. Pero junto a los que por fin pudieron volver a coger lápiz y papel, aún son muchos los que se han visto obligados a dilatar de forma obligatoria sus vacaciones. Según los datos que maneja el Ministerio de Educación de Sri Lanka, en torno a 170 escuelas fueron dañadas o destruidas por la gran ola y otras 260 están ejerciendo las funciones de casa de acogida para los cerca de 300.000 desplazados por el tsunami. La ansiedad de Shamira En la noche del domingo al lunes, en una de esas escuelas convertidas en vivienda, Shamira casi no pudo dormir. Padecía la ansiedad de volver a coger los libros para aprender el idioma de esas chicas de pantalón azul y camiseta blanca (miembros de la Sociedad Española de Medicina de Catástrofes) que le enseñaron a cantar el «borriquito como tú, tururú». Pero ayer en su escuela, ocupada por unos 5.000 refugiados, todavía no se pudo escuchar la campana que marca el inicio y final de las clases que aquí, en Sri Lanka, se distribuyen en jornada intensiva de ocho a dos. Los más pequeños salen a las doce y media. Tras este primer pistoletazo de salida, una de las prioridades del Gobierno es apurar la reforma de los centros afectados e impulsar la rápida instalación de las tiendas a las que deberán trasladarse a vivir los que se han quedado sin hogar tras el maremoto. La vuelta al cole, aunque ayer ya fue oficial, se realizará de forma progresiva. Unicef, dentro de un programa llamado School in a box , también ha comenzado a repartir entre alumnos de Galle, Ampara y Mullative, paquetes con material escolar. Ayer se distribuyeron unos 8.000. Y el reparto continúa.