Entre Al Qaida y el calimocho

Luis Ventoso KABUL

INTERNACIONAL

MIGUEL VILLAR

Un mando coruñés de la Isaf OTAN aporta cordura en Kabul; los soldados españoles se divierten como pueden; y Barno, el general jefe americano, sigue sin pistas sobre Bin Laden

06 oct 2004 . Actualizado a las 07:00 h.

Trece periodistas de medio planeta (de Sudáfrica a Brasil, pasando por Galicia) llegan a las ocho de la mañana al cuartel general de las fuerzas de la OTAN-Isaf en Kabul. La organización multinacional mantiene 9.300 soldados desplegados en Afganistán (982 españoles, el Estado que más contribuye tras Alemania) para intentar que los afganos voten este sábado en paz, o más o menos. El acuartelamiento semeja un oasis en medio del escangallado Kabul. Si nos olvidamos de los sacos terreros, de las súperbarreras de protección rellenas de piedras y de las torres de ametralladoras, parece un parque. Se agradece el verdor de tantos árboles añosos, de los que casi no quedan en la polvorienta capital afgana: los talibanes, siempre agudos, ordenaron talarlos para evitar emboscadas insurgentes. El campamento de la OTAN dispone además de un lujazo: el único campo de fútbol de hierba de todo el país, un prado-milagro que se reparten las tropas multinacionales y dos equipos aficionados afganos, que no le pegan mal, aunque donde se salen aquí es jugando al volei. En medio del parque se oculta un palacete colonial, sede del mando. Con mucho inglés, mucha proyección de fotos y mucho estadística en power-point , un teniente coronel va radiografiando los males y las esperanzas de Afganistán. El inglés del oficial, escuela tira pa diante , nos suena. Toca sacudirse la modorra matinal de este duro país sin café y repasar al orador: pelo negro ya menguado, sonrisa fácil y en el pecho, una rótulo con su apellido: «Meijide». Lo abordamos. Momento Pemón Bouzas en Kabul: el teniente coronel que hace de anfitrión es ¡gallego! Luis Martínez Meijide, coruñés de 44 años, participó en 1999 en la recuperación de Sarajevo y usualmente trabaja en Estrasburgo, en el Eurocuerpo. Pero con morriña kabuliana advierte que todos los veranos se convierte en un clásico de Santa Cruz (Oleiros): «Tengo el puesto de mando en la terraza del Preludio y me baño en Mera». Meijide, majete, ilustrado, más cercano a un consultor universitario que a aquellos mandos frecuentadores del Soberano de nuestra mili, cuenta que su trabajo consiste en idear un futuro para un país astillado: «Sí, estoy en el equipo de los que piensan», comenta divertido. Y piensa bastante. Por ejemplo, añora un trato más directo con la gente, «como en Sarajevo, donde salíamos sin armas y convivíamos». Encerrados en la base La marca estadounidense se impone. Para los soldados no existe vida social posible de muros afuera. Los españoles atisban Kabul de refilón: desde un coche patrulla, desde una furgona de cristales oscuros, desde una camioneta con ametralladora amenazante. Aún así, Meijide anda contento, se siente útil: «Aquí hay una buena oportunidad para este país, y también para Europa, podemos demostrar que sabemos asumir compromisos y hacer las cosas a nuestra manera. Si las elecciones salen bien, la seguridad mejorará». El militar gallego esmera la discreción, pero deja caer alguna carga de profundidad: «La gente de aquí acepta a la Isaf, saben que somos otra cosa, que nosotros no vamos tirando primero y preguntando después». A Meijide no lo despista el exotismo de facilón de burkas, túnicas y turbantes. «Sé que no lo parece, pero aquí hay mucha gente cultísima. Por ejemplo, consideran que los españoles somos distintos, que tenemos un vínculo especial con el pueblo musulmán, porque saben muy bien lo que fueron Córdoba y Granada». ¿Su consejo? Respetar lo que no entendemos. «Aquí ha habido barbaridades, claro, pero ellos tienen su sistema, su equilibrio interno. El papel de los ancianos es curiosísimo. Si hay que elegir entre salvar a un niño o a un anciano, escogen al viejo. Nosotros haríamos todo lo contrario. Pero ellos piensan que el anciano es una realidad que aporta su experiencia al clan, mientras que el niño es sólo una esperanza». Afganistán a ojos de sorcho Meijide aporta la visión del mando. Contreras, Ayala y Malabia te dan la del soldado español que se ve destinado en Kabul. Son un trío cachondo y perspicaz. Los chavales se encargan de tratar con los obreros afganos que trabajan en la base de la OTAN?/?Isaf. Su función los ha obligado a hacer, a golpe de mata, un cursillo acelerado de diplomacia islámica: «A las tías no puedes mirarlas bajo ningún concepto. Y con ellos tienes que tener cuidado de no darles la mano izquierda, que es la impura, porque la usan para... bueno, ya me entiendes; y aunque la tengan lavada, es la impura igual. También conviene saludarlos llevándose la mano derecha al pecho y diciendo Shalam . Son muy ceremoniosos». Con Ayala, Malabia y Contreras descubrimos que el top manta arrasa en Kabul. Una vez a la semana, los afganos montan un mercadillo en la base «y te quedas alucinado con los DVDs que venden, pelis recién estrenadas en Estados Unidos, que a España ni han llegado». El topicazo festeiro se cumple. Nuestros representantes son la alegría de la huerta. «Los latinos somos distintos, conectamos más. Nosotros y los italianos somos los que nos llevamos mejor con todo el mundo». Como prueba, nos cotillean que tienen muy avanzada la primera Fiesta del Calimocho del acuertalamiento de Kabul. No hay que ser menos que los italianos, «que casi cada tarde montan fiestas de la pizza». Los soldados son buenos politólogos. Basta con usar el sentido común: «Las cosas han mejorado mucho desde los talibanes, pero para que todo cambie harán falta un par de generaciones». Mientras, y al igual que su superior, sueltan flores sobre los afganos: «Buena gente. Por ejemplo, comen muy poco, pero siempre te ofrecen. Nosotros les picamos algo, aunque no tengamos hambre, para que no piensen que somos distantes». A cambio, los chavales españoles les pasan de extranjis botellines de agua mineral. Aunque a veces la guindan ellos mismos «y se la tiran a sus colegas de fuera por encima de la valla del cuartel». Pero el mutuo desconocimiento siempre trae roces. El soldado Contreras cuenta que en una brigada de currantes afganos había uno que destacaba por ser mucho más ducho con la lengua que con la pala. «Todo el día rajando en vez de currar, un tío raro. Le dije que estaba un poquito loco, y casi me come. No sabía que para ellos los locos son seres malditos». La sangre no llegó al río: «Le expliqué que no quería ofenderlo y luego el hombre no sabía como disculparse». La Libertad Duradera de Bush no ha liberado a las mujeres de la burka. «En Kabul, salvo las jovencillas, lo siguen llevando todas. Es su tradición, hay que respetarla». Pero creen que echar a los talibanes fue buen negocio: «Con ellos retrocedieron 500 años en el tiempo. Nuestra misión aquí es muy positiva. Ahora, por lo menos, los críos van al cole y la gente ha ganado algo de calidad de vida. Por decirlo claro: esta peña estaba hasta el bolo de los talibanes». En la cueva del general Dejamos a los soldados españoles y nos vamos al otro extremo del escalafón: la cueva del general de tres estrellas David W. Barno, el militar neoyorquino de 49 años que está al frente del ejército de 17.000 hombres que busca a Bin Laden en el Este, se pelea con los talibanes en el Sur y trata de aplacar a los señores de la guerra en el Norte. Y entre tanta leña, encuentra también tiempo para valiosas tareas humanitarias de reconstrucción. Barno: pura película West Point. Su cuartel general es un chalet, megaprotegido e instalado en la entrada de un acuartelamiento inesperadamente destartalado. Deambulan marines de laxa marcialidad y flota un aire tipo La chaqueta metálica . Lo de siempre: la realidad copiando a la ficción. Barno lleva dos relojes («para saber qué hora es para quienes me llaman de fuera»), dos anillos dorados y una lata de Pepsi en árabe. Nos saluda como gentleman , nos da la mano raudo y nos emplaza a preguntarle. Sus oficiales contemplan su puesta en escena con un silencio arrobado. Le pregunto qué ha pasado con Bin Laden, y más en concreto, si existe o no. No le hace gracia: «Es el máximo responsable de la muerte de miles. Lo buscamos todos los días del año, todas las horas del día». Comenta que «hay evidencias de que está vivo». Pero no detalla por donde lo buscan. Eso sí, remacha que con sus muchachos aquí «Al Qaida lo tiene muy duro». En la pared cuelga una grabado dramático: la última carga en Afganistán del 44 Regimiento británico, en 1842. ¿Premonitorio? Barno ni pestañea; confía en su labor con la fría eficacia de un tecnócrata o un político: «Estamos trabajando bien aquí». Le buscamos las entrañas sentimentales y le preguntamos por los daños colaterales, las insufribles muertes de civiles afganos en bombardeos por error: «Bueno, les hemos pedido disculpas». Sabe a acero. DAVID W. BARNO. General de West Point, neoyorquino de 49 años, es el líder de la operación Libertad Duradera en Afganistán. Tiene 17.000 soldados estadounidenses a su cargo y es el hombre que batalla en primera línea con los talibanes y Al Qaida. Si le preguntas por Osama Bin Laden, te viene a decir que están en ello ESPAÑOLES ACUARTELADOS EN KABUL. Los soldados Malabia, Ayala y Contreras (de izquierda a derecha) en el jardín del cuartel de la ISAF / OTAN. Los chavales hablan bien de los afganos: «Por ejemplo, tienen muy poco para comer, pero siempre te ofrecen algo» TENIENTE CORONEL MEIJIDE. Coruñés de 44 años, lleva algo más de dos meses en Kabul. Es un veterano que se curtió en Sarajevo