El Gobierno amenaza de muerte a los refugiados si no vuelven a sus aldeas. Se niegan porque les esperan las ruinas de sus casas y más ataques consentidos.
02 oct 2004 . Actualizado a las 07:00 h.El pasado jueves, por la mañana vinieron a buscar a Ismal Abderrahman a su tienda del campo de refugiados de Kalma, en el sur de Darfur. «Hay una reunión y todos los sheiks (cabezas de tribu) tenéis que ir», le dijeron. Ismal acudió a la tienda que alberga la dirección del campo. Allí, al frente de todos, estaba Alí Yussuf, el hombre del Gobierno encargado de la seguridad. «Vais a volver todos a vuestras aldeas. Es una orden». Los recuerdos de Ismal volaron en ese momento hasta el mes de octubre del año pasado, cuando las milicias árabes, los yanyawids, atacaron por primera vez Yassim, su aldea. Montados en caballos y camellos destrozaron lo que encontraron a su paso. No iban solos. Junto a ellos llegaron los soldados del Ejército sudanés, disparando sus ametralladoras contra los civiles. En aquel primer ataque murieron 31 miembros de su tribu. Aún así decidieron quedarse. Hubo dos ataques más. En el último también participó la Fuerza Real sudanesa. «Lo bombardearon todo», dice mientras simula el ruido de los helicópteros lanzando sus cohetes. Cada uno de los sheiks del campo podía contar una historia de muerte parecida. Todos llegaron hasta Kalma huyendo de los ataques. Todos saben qué les espera si vuelven a sus aldeas: las ruinas de sus casas y más ataques. Y ahora, el mismo Gobierno que los atacó, los obliga a volver. Su respuesta fue unánime: «No vamos a volver. Nos quedamos aquí». Alí Yussuf los miró furioso y gritó: «Si no cumplís con la orden os vamos a matar a todos». Estrategias ¿Por qué el Gobierno que lanzó los ataques quiere ahora que los africanos negros de Darfur vuelvan a sus casas? Hay dos buenas razones. En primer lugar, los campos de refugiados son la primera prueba de culpabilidad del Gobierno ante la comunidad internacional. Mientras ese millón y medio de personas siga desplazado, la ONU y las oenegés seguirán señalándolo con el dedo. Pero hay una segunda razón mucho más importante. Esos campamentos, con todo el miedo y el resentimiento que albergan, se están convirtiendo en centros de reclutamiento para los grupos rebeldes de Darfur. Pero esto a los refugiados les da igual. Ellos sólo saben de lo que dejaron atrás y no quieren volver. Hasta la inmundicia de los campamentos, con sus tiendas de paja improvisadas, su suelo de polvo que se vuelve barro a la primera lluvia, el hacinamiento, la escasez de comida y hasta de leña para hacer un fuego son preferibles a tener que pasar otra vez por el mismo infierno. Y eso que estar en los campamentos no les libra de los ataques. De hecho, la presión de los yanyawids, el brazo ejecutor del Gobierno, ha aumentado en los últimos días sobre Kalma y otros lugares donde se agrupan los refugiados. Atacan a tiros los campamentos y abusan de las mujeres. «El 10 de septiembre vinieron al campamento y violaron a 27. Y no fueron sólo yanyawids, también soldados y policías», dice Ismal. Su tribu, los fur (Darfur significa en árabe 'tierra de los fur'), se tomó la revencha la semana pasada y mató a dos de los policías que vigilan el asentamiento. Entre la espada y la pared En Kass, una población a 80 kilómetros al oeste de la capital de Darfur sur, la situación es aún peor. En sus escuelas se han refugiado los habitantes de las poblaciones vecinas. Pero eso no para los ataques de los yanyawids. «Vienen y disparan contra el campamento», nos cuenta Marion Musa, una joven fur de la aldea de Irli. Marion habla con nosotros entre las ruinas de su aldea. No es que quiera volver. Sólo está aquí porque ha venido para recoger leña. En los alrededores de su campamento, ante la concentración de gente, la madera para hacer fuego ha empezado a escasear. Por eso recorre cada día junto con sus compañeras los dos kilómetros que separan Kass de Irli. Marion teme que los yanyawids lleguen en cualquier momento. «El otro día nos vieron y nos dijeron que nos iban a matar si volvíamos por aquí», dice. Lo más grave en Kass es que todo ocurre delante de las narices de las fuerzas del Gobierno, que prometió proteger a los refugiados y desarmar a las milicias. En Kass no ha hecho ni una cosa ni otra. Unos dicen que por miedo y otros porque las milicias todavía tienen la bendición de Jartum para hacer lo que les dé la gana. Por eso los agentes se pasean perezosos entre las callejuelas. Se les puede ver con sus teléfonos por satélite y sus gafas anchas Ray Ban. «Hoy hemos llevado a unos civiles de vuelta a sus aldeas», dice uno de ellos. Nos quedamos pensando si esos civiles tendrán el mismo pavor que se podía ver en los ojos de Ismal cuando le preguntamos si él quería volver a su aldea.