Reportaje | Los logros económicos de Luiz Inácio da Silva El aumento de un 5,7% del PIB en el segundo trimestre del año muestra que las recetas económicas de ajuste del presidente de Brasil comienzan a dar frutos.
11 sep 2004 . Actualizado a las 07:00 h.«Brasil será la séptima, la sexta o la octava economía del mundo», declaró hace unos días Luiz Inácio da Silva en un discurso ante industriales brasileños. Por fin, Lula levanta cabeza y echa las campanas al vuelo. El ex obrero metalúrgico que se convirtió en presidente de Brasil el 1 de enero del 2003 puede tomarse un respiro. Tras meses de continuos descensos en su popularidad, en agosto ha subido por primera vez, del 54% al 58%. El motivo es que sus polémicas recetas económicas, basadas en una dura política de ajuste fiscal y monetario encaminada a reducir la astronómica deuda brasileña, están empezando a dar resultados. Después de haber conocido en el 2003 la peor recesión en los diez últimos años (-0,2%), el aumento de un 5,7% del PIB en el segundo trimestre ha sorprendido a todos, incluido al propio Gobierno. Esto sitúa el crecimiento en el primer semestre del año en el mejor dato desde el 2000. Las expectativas han crecido hasta el extremo de que se va a revisar al alza la previsión anual, del 0,5% al 4,5%. El Gobierno pregona que el crecimiento sostenido hará posible que se liberen recursos para el desarrollo y para atender las demandas sociales. La economía, que era su punto más débil, se está transformando en su mejor baza en vísperas de las elecciones municipales de octubre. Hay otros muchos datos alentadores para Lula: el descenso del paro en los tres últimos meses, hasta situarse en el 11,2%; la caída de la inflación desde el 40% (finales del 2002) a cifras realmente sorprendentes o el aumento del consumo de las familias (3,1%). El temido izquierdista se ha convertido en un alumno modelo para el Fondo Monetario Internacional (FMI). Durante su reciente visita a Brasil, su nuevo director-gerente, Rodrigo Rato, no escatimó elogios al líder del Partido de los Trabajadores. El ex vicepresidente español aseguró que «ha desarrollado una política macroeconómica coherente y ha formulado una agenda de ambiciosas reformas ?estructurales». Reformas Tras su victoria en las elecciones con el respaldo de 52 millones de votos, el carismático Lula se erigió en símbolo de la izquierda no sólo latinoamericana, sino mundial. Repleto de buenas intenciones y aún imbuido de su retórica izquierdista, Lula realizó promesas que causaron conmoción a escala planetaria. La principal, que en Brasil «todos puedan comer tres veces al día»: el Proyecto Hambre Cero. Pero también se comprometió a hacer otros cambios. Estas reformas quedaron paralizadas, lo que junto al aumento del paro y la recesión provocaron el desencanto de los votantes de la izquierda, que esperaban mucho de Lula, al que consideraban uno de los suyos. El ex tornero no había tardado en darse cuenta de que la cuestión clave que tenía que resolver era cómo crear riqueza para atender las inacabables demandas sociales del país con la distribución de la renta más injusta del mundo. Por ello, se ha dedicado primero a sanear las cuentas y ha aparcado el gasto social. Su decisión de aumentar sólo 20 reales (6,9 dólares) el salario mínimo provocó reacciones virulentas en el país. El pago de la deuda ha hecho que tenga que reducir los gastos en 20.000 millones al año, en detrimento de los programas que prometió en la campaña. La deuda brasileña, que supera los 220.000 millones de dólares, es uno de los grandes obstáculos para la solución de los problemas estructurales del país. El Gobierno destina más de 37.800 millones de dólares a obligaciones de la deuda, lo que hace que sólo le queden 17.700 para inversiones sociales. El discutidísimo ministro de Economía y Hacienda, Antonio Palocci, se ha visto reforzado con el dato del PIB y ha insinuado una posible subida de los tipos de interés (que ya están en el 16%, uno de los más altos del mundo) para controlar la inflación. Este médico de pueblo, que pasó de concejal a factótum económico, «bestia negra» para la izquierda y garantía para sus defensores, ha asegurado que Brasil está preparado para crecer durante «diez, doce o quince años» consecutivos con la inflación bajo control.