Dos gallegos cuentan cómo se vivió el repliegue del contigente de Irak, un mes y medio en el que se registraron algunos de los combates más duros en Diwaniya
17 jul 2004 . Actualizado a las 07:00 h.Cuando a las tres de la tarde del 27 de abril el cabo legionario pontevedrés Juan Carlos Núñez fue puesto en alerta, sus compañeros de la Brigada Plus Ultra llevaban ya dos horas enzarzados en un combate a muerte con los milicianos del Ejército del Mahdi en un puente de la autovía que une Diwaniya con Bagdad. Dos blindados españoles habían sufrido una emboscada mientras inspeccionaban las rutas por las que tendrían que retirarse de Irak. Un grupo de entre 20 y 25 insurgentes empezaron a tirarles de todo: morteros, granadas de mano y mucho fuego de fusiles. Los españoles hicieron uso de su derecho de defensa y respondieron a los disparos mientras pedían ayuda. Los iraquíes empezaron a caer. Juan Carlos, un veterano legionario de 31 años con dos misiones internacionales en la espalda e integrante del grupo de operaciones especiales de la Legión, subió a un blindado BMR, se armó con su rifle de francotirador y acudió junto con sus compañeros en ayuda de los españoles que estaban en problemas. Para entonces, los vehículos de la Plus Ultra habían rodeado a los milicianos. Por la radio llegó clara la voz de los mandos: «Dadles la oportunidad de que se rindan». Algunos aceptaron, otros respondieron con más fuego. Ya no hubo piedad. Los legionarios, con sus fusiles y las armas de los blindados, acabaron con la resistencia sin miedo a dañar a civiles. Por una vez, el ataque se había producido en zona despoblada. Las ametralladoras de los BMR, con sus balas del tamaño de la palma de una mano, hicieron estragos. Seis muertos. «Trajeron varios de los cuerpos de los iraquíes en pedazos. Las ráfagas de la ametralladora habían partido a uno de ellos en tres», cuenta Juan Carlos. Sólo el principio Recogieron los cuerpos e hicieron siete prisioneros. Juan Carlos pensó que por aquel día la acción había terminado. Enfilaron sus vehículos hacia la base y entonces saltó la sorpresa. A la entrada de la ciudad, en lo que los soldados españoles llamaban «la rotonda de la bola del mundo», otro grupo les estaban esperando. Otra emboscada, o más bien, la segunda parte de la que había empezado en la autovía. Juan Carlos sintió claramente que las balas empezaban a zumbar a su alrededor. Una granada de mano impactó en el chasis de su vehículo sin penetrarlo. Vio también varias granadas propulsadas por cohete (RPG) volar a su alrededor. Las distingió por su tamaño, el de un melón pequeño, y por la estela de humo que dejaban al volar a más de doscientos kilómetros por hora por encima de sus cabezas. Ese era el verdadero miedo. De todas la municiones con las que tiraban los iraquíes, la única que podía hacerles daño dentro de los blindados eran esas granadas RPG. «Si una de esas granadas da en el blindado y no sales a tiempo, funde el blindaje y revienta dentro. Mueres abrasado. Pero ellos parecía que no sabían lo que hacían. Cuando disparaban sus fusiles lo hacían al descubierto y sin puntería. Parecía que no les importaba morir, como si quisieran inmolarse», cuenta Juan Carlos. Los legionarios reaccionaron. El pontevedrés tiró su rifle de francotirador y se hizo con el fusil reglamentario. «El de precisión es para cuando estás apostado tranquilo en un lugar esperando tu objetivo, y allí los milicianos no estaban a más de 200 metros. Se les podía ver cruzando entre las ventanas. Nosotros nos agachábamos en el blindado y empezamos a disparar. Disparábamos y nos agachábamos», dice. El tiroteo se recrudeció. «Tenía la adrenalina por las nuebes. Aquel fue mi bautismo de fuego. Salvo algunos disparos esporádicos en Kosovo, aquel era el primer tiroteo duro de verdad de mi vida. Lo era para casi todos nosotros», recuerda. Juan Carlos pudo ver cómo algunos de los milicianos caían durante la media hora larga que duró el enfrentamiento, pero no pudo distinguir si era por sus balas o por las de otros. Allí, en la rotonda de la bola del mundo, los españoles no se pararon a recoger los cadáveres. «Respondimos al fuego y rompimos contacto. Es decir, que en cuanto tuvimos una salida segura nos retiramos de la zona de muerte porque así lo decían las reglas de enfrentamiento.», comenta Juan Carlos. La zona de muerte es el término que los militares emplean para nombrar el lugar donde el combate se hace duro de verdad y la gente empieza a perder la vida.