Escándalos de financiación ilegal y abuso del poder salpican a tres de los principales ministros de un Lula que se desgasta en su año decisivo en la presidencia de Brasil
20 feb 2004 . Actualizado a las 06:00 h.Primero haremos lo necesario, después lo posible y más tarde nos descubriremos haciendo lo imposible. Bajo este guión franciscano, Lula da Silva inició hace casi 14 meses su mandato de cuatro años. «El primero fue de ensayo. El segundo es el decisivo para consolidarse e iniciar el cambio», aseguran los expertos del Partido dos Trabalhadores, la organización política de Lula y lo más parecido a los partidos occidentales que hay en Latinoamérica. Lula se estrenó con anuncios espectaculares, como la entrega de títulos de propiedad a los habitantes de las favelas y el uso en la lucha contra el hambre de fondos que se iban a destinar a la compra de armamentos. Prosiguió con una política económica tan continuista con la gestión neoliberal de Cardoso que incluso superó las previsiones de reducción del déficit fijadas por el Fondo Monetario Internacional Pero el año decisivo está empezando fatal porque en una semana, en vísperas del Carnaval, ha quedado en entredicho la posición del ministro de Cultura, el canta- autor Gilberto Gil -tachado por sus colaboradores de gobernar con mezquindad y arbitrariedad-, y del de Educación, Tarso Genro, uno de los dirigentes del PT en Porto Alegre, el feudo desde el que el partido de Lula consiguió transmitir la idea de que es viable el sueño de construir un mundo más justo. Genro se ha visto envuelto en un escándalo por financiación ilegal del PT, el mismo presunto delito que hizo estallar el principal foco de la tormenta política que vive en Brasil y que tiene en el punto de mira a José Dirceu, el número dos del Gobierno de Lula y su más estrecho colaborador. El poderoso grupo mediático Globo desveló una trama que vincula al PT, a través de Waldomiro Diniz, un subordinado de Dirceu, con la mafia del juego ilegal. A Diniz lo cesaron y se abrió una investigación, pero él contraatacó ayer al desmentir la principal tesis del Gobierno, que los hechos ocurrieron antes de que Lula asumiera la presidencia. Ayer hubo un amago de extensión de la tensión política a la bolsa de São Paulo, que experimentó un súbito bajón ante las nuevas revelaciones para después recuperarse. Pese al desgaste, Lula mantiene una alta popularidad y cifra sus esperanzas en el inicio de un ciclo de crecimiento que le permita impulsar los programas sociales. El sueño del tornero mecánico que dirige uno de los grandes países del globo continúa, aunque su partido esté perdiendo su reputación de insobornable.