La desnutrida Arcadia argentina

La Voz

INTERNACIONAL

A.L.

En los pueblos de la otrora pujante comarca azucarera hay un 39% de desnutridos, sumidos en un mortal cóctel de miseria, ignorancia y natalidad imparable.

13 dic 2002 . Actualizado a las 06:00 h.

Arcadia. El cartel aparece en la carretera entre Tucumán y Concepción, la segunda ciudad de la provincia y el eje de la oleada de muertes por desnutrición. Arcadia, un pueblo de unos 6.000 habitantes que viven de las cosechas de tabaco, limones y cañas de azúcar, es cualquier cosa menos feliz. Están censados un centenar de niños desnutridos. Los sarcasmos continúan. A Concepción le llamaban la Perla de Tucumán, un pujante eje comercial en una comarca azucarera. Hoy es la capital de un distrito maldito. «Concepción, un buen lugar para vivir», es su eslogan turístico que se lee a la entrada. Suena todo tan irónico como el artículo 35.4 de la Constitución de Tucumán, que obliga a los poderes públicos a prestar «una especial atención a niños y jóvenes». Ruinas del esplendor «Esto fue riquísimo», dice Francisco Carmona, el taxista de Jaén que me lleva a Santa Ana en compañía de un periodista tucumano. Paco tiene un mal día, que acabará con dos pinchazos y un motor recalentado. Los contratiempos le hacen insistir en su idea de regresar a España. En Santa Ana nos reciben las ruinas del esplendor, los restos de un gran ingenio de azúcar que, según los nativos, llegó a ser el mayor de Sudamérica. Era de un francés que se arruinó y no pudo pagar los préstamos. Una metáfora del declive argentino. «Los médicos en prácticas de la universidad hemos visto en los últimos meses a 569 niños, de los que 202 presentaban algún grado de desnutrición, un 35%», afirma, en el hospital de Santa Ana, Cecilia Chocobar. Busca en sus archivos y comienza a recitar casos dramáticos, como el de Meninda, de 11 años y 25 kilos de peso, diez por debajo del normal. No hacen falta estadísticas. El drama abunda en Santa Ana. En la aldea de Río Chico murieron dos niños desnutridos en las últimas semanas. Uno era Gerardo Mendoza. «Tenía un año y dieciocho días», dice su madre, Marta Moreno, en la puerta de su choza. Tiene 43 años y doce hijos. «Fue una desesperación porque pensé que al llevarlo al hospital a Tucumán se iba a salvar, como ya me había pasado con otro», explica. Ayer aguardaba la vuelta de su marido y su hija mayor, que habían ido a cosechar tabaco. «No tenemos nada para comer», se lamentaba. En Río Chico no paran de traer hijos al mundo. Hay una chica de 29 años que ya ha alumbrado a nueve niños. Viven hacinados en chozas de madera, sin apenas instrucción ni higiene. A la espera de una buena cosecha o de un cacique local del peronismo reparta unos cuantos pesos. Algunos los gastarán en bebida, otros comida. Y volverá a empezar el ciclo del hambre. De vuelta a Tucumán, Cecilia Chocobar, que regresa a su casa, me explica los horrores de la muerte de los desnutridos, causada por parásitos con forma de anguilas que saltan desde el intestino al pulmón y al corazón. Arcadia, volvemos a leer en el cartel de la carretera.