Muchas madres desean que sus hijos ingresen de forma transitoria en los hospitales porque de esta forma tienen garantizada su alimentación y cuidados.
12 dic 2002 . Actualizado a las 06:00 h.Ricardo, el militante de izquierdas que guía mi viaje por los horrores de San Miguel de Tucumán, ha decidido comenzar con un «shock». Este gallego quiere ver cosas fuertes, pues se las vamos a mostrar, debió de pensar. Yo ya estoy arrepentido de habérselo pedido. El olor es insoportable y la visión, todavía más. Estamos en el Vaciadero de Vázquez, en las afueras de Tucumán. Delante de nosotros hay un inmenso socavón, donde antes se depositaba la basura. Al otro lado se agolpan varias decenas de personas dispuestas a pelearse por un trozo de inmundicia. Hace un calor sofocante. Las moscas y los mosquitos se mueven en enjambres. Dan ganas de volver a Galicia en teletransportador. «Ya verá cuando llegue el camión», me anuncia Tomasa. Esa mujer, mayor, morena, es la verdadera guía sobre el terreno. Antes de que entremos en las villas miserias (los poblados de chabolas), Ricardo busca a sus contactos, gente como Tomasa, que vive cerca, conoce a los vecinos y nos garantiza la seguridad. Triste botín Al otro lado del agujero aparece un camión de la basura amarillo. La gente se prepara. El vehículo se detiene para echar los desperdicios. Comienza la batalla. A lo lejos, porque no conviene acercarse, se ve perfectamente como los hombres y los niños se empujan en pos de su triste botín. «Se pelean porque buscan comida. Muchas veces llega carne de las carnicerías, que los carniceros la dan por estropeada, pero que se puede comer. Los supermercados también tiran cosas que son comestibles», explica Tomasa. ¿No es peligroso? «Es lo que tienen para comer», responde. No hay lugar para fechas de caducidad u otras exquisiteces. La de la basura es una de las industrias en alza en Argentina. Ahora se recicla todo, no por convicciones ecologistas sino por falta de empleo y alimentos. En Buenos Aires, las autoridades calculan que hay 40.000 cartoneros, los que viven de los desperdicios. Se han adueñado de la noche bonaerense y el Gobierno acaba de lanzar una ley para regular su labor. Recogen el cartón y el vidrio, lo clasifican y después lo venden. A veces encuentran algo de valor. «É increíble porque nos 50, cando cheguei a Arxentina, tiraban todo, pizzas enteiras, enormes bistecs... Ninguén andaba na basura. Eran tempos de fartura. E agora, cando a xente ten que ir ós cubos a buscar, é precisamente cando non hai nada», me dijo una vez una gallega de Viana do Bolo. El camión amarillo se marcha. Y nosotros vamos del vertedero a la villa miseria que hay justo al lado. En la ladera brotan una especie de lechugas gigantescas. Tomasa advierte: «Son venenosas. No se pueden comer, pero mire lo buena que es aquí la tierra, que hasta de la basura salen las plantas». Peces contaminados La seguridad alimentaria se aplica con criterios elásticos, estrictos con los vegetales y livianos con los animales. Delante de nosotros pasa un chico con un pescado ensartado en un palo. Acaba de pescarlo en las aguas contaminadas del río Sali y está dispuesto a comerlo. Intento hablarle pero se me escapa. En el poblado del vertedero hay un jefe, un señor algo relleno que lleva una gran cruz en el pecho. Tiene nueve hijos. «Comen lo que encuentran en la basura o lo que nos dan. No hay trabajo y no los he podido mandar a la escuela. No saben ni leer ni escribir», afirma. Vamos a otras villas, junto al Hipódromo y en la Costanera. No son tan horribles, pero en todas pululan niños flacuchos con las panzas hinchadas, síntoma de la parasitosis y reflejo del hambre. Las mujeres se quejan de cómo se reparten las ayudas públicas, según los intereses del Partido Peronista. El hospital de la muerte En una de las villas, Trini, el contacto de Ricardo, nos recomienda darnos la vuelta porque de lo contrario «los van a dejar desnudos y sin nada». Algunos de esos niños con caras tristes y barriga inflada acabarán en el Hospital del Niño Jesús. Hay cincuenta pequeños ingresados por desnutrición. «Siempre tuvimos casos, una veintena normalmente, pero ahora Chiche Duhalde (la primera dama ) ha vaciado las villas y los ha traído aquí», explica una médico. Unas horas antes murió en ese hospital la víctima diecisiete de la actual hambruna. En la sala de recuperación están los que han escapado de las garras de la muerte. Mónica Conci, una mujer rellena y entrada en años, da el pecho a su minúscula criatura, Jesús. Dice que tiene diez meses y pesa 3,7 kilos. Cabría en una mano de un jugador de balonmano. La madre tiene diez hijos. Vive a cinco kilómetros de la capital. Se queja de que la leche está carísima, de que ha subido más del 50% desde la devaluación del peso. Las madres tienen que dormir en sillas de plástico, junto a las cunas de sus bebés, pero por lo menos en el hospital les dan una comida al día y alimentan a sus hijos. «Lo que no sabemos es de qué vamos a vivir cuando salgamos de aquí y cómo vamos a alimentar a los pequeños», lamentan al unísono Rosalía y Blanca.