EE. UU. confió su captura a la Alianza del Norte y desperdició su mejor oportunidad.
03 sep 2002 . Actualizado a las 07:00 h.El plan no parecía malo. Bombardear las montañas de Tora Bora sin piedad, hacer que los guerrilleros de Al Qaida salieran de sus cuevas y utilizar a los milicianos de la Alianza del Norte para perseguirlos y conducirlos hacia unos pasos establecidos. Allí, los hombres Bin Laden, y posiblemente el saudí en persona, serían pasto de los francotiradores norteamericanos. Era sencillo, letal e iba a tener un coste de vidas mínimo (de vidas estadounidenses, se entiende). Terminó siendo el mayor fracaso de la guerra de Afganistán. Aquella fue la ocasión en que más cerca estuvo Estados Unidos de capturar a Bin Laden, pero dejó el trofeo en manos de la Alianza del Norte, por miedo a sufrir bajas. Y pasó lo que tenía que pasar. Los afganos, pagados por la CIA, en el mejor de los casos no se emplearon a fondo. En otros fueron directamente comprados por hombres de Al Qaida, que pagaron más que la mismísima agencias de inteligencia estadounidense y se garantizaron así su paso seguro a Pakistán. Una vez allí, en los alrededores de Karachi, en donde la autoridad de Islamabad no alcanza a las ancestrales costumbres tribales de los pastunes, desaparecieron. Osama dice adiós El 11 de noviembre varios vehículos todoterreno abandonaron Jalalabad, rumbo a Tora Bora, en las Montañas Blancas. El frío arreciaba y Bin Laden sumaba a su shalwar kameez, el atuendo típico de camisa larga y pantalón ancho, un chaqueta militar. El día anterior se había reunido con los líderes de la zona y había repartido ánimos y dinero. Fue la última vez que el terrorista más buscado del mundo apareció en público. En los días siguientes el frío se intensificó y el asedio norteamericano a Tora Bora también. Los bombarderos B-52 dejaban caer sobre las montañas todo el peso del arsenal de EE. UU., incluida la cortamargaritas, la bomba no nuclear más potente del mundo. Metidos en sus cuevas, los milicianos de Al Qaida resistían sin comida, heridos y en muchos casos enfermos. Al final, muchos decidieron intentar la fuga hacia Pakistán. Los norteamericanos los estaban esperando, pero en el paso equivocado. Karim, un vecino de la aldea paquistaní de Mula Bagh, a menos de dos kilómetros de la frontera afgana, le contó a la revista Newsweek como el 16 de noviembre vio bajar de las montañas a un montón de hombres con turbantes que cargaban sus Kalashnikov. Eran más de 600 y estaban exhaustos. Contaron cómo habían pasado las montañas por su lado más agreste y habían esquivado a los norteamericanos. «Tenían prisa. Había algunos que parecían muy importantes», cuenta. Pudo reconocer al gobernador de la provincia de Nangahar, donde se produce la mayoría del opio afgano, y a uno de los ayudantes directos del mulá Omar. La mayoría eran saudíes, pero también había yemeníes y argelinos. Uno de los lugareños que estaban escuchando a los recién llegados era Sharif Gul. Intrigado por las historias que contaban los extranjeros, decidió subir a las montañas para ver cómo estaban los pasos fronterizos. A su vuelta, contó: «Los americanos son estúpidos, están bombardeando en el lugar equivocado». Por Alá o por dinero decidió convertirse en guía. Durante el mes siguiente hizo cinco viajes a las montañas. Cada viaje tardó en hacerlo casi diez horas. Volvió cada vez con veinte milicianos. Y desde luego no fue el único. Dos testigos Pero, ¿estaba Bin Laden entre los que huyeron? Dos testigos entrevistados por Newsweek por separado declararon haberlo visto en las proximidades de Shah e Kot. El primero de ellos un guía profesional, y un destacado talibán, y explicó cómo a mediados de diciembre condujo a Bin Laden y otros 28 miembros de Al Qaida a través de las montañas en una travesía a caballo. «Fue la travesía más difícil en mis 23 años de yihad», dijo. Tardaron cinco días, viajando de noche y casi siempre entre la nieve. Siguieron una ruta en zigzag hasta Pakistán y luego de vuelta a Afganistán, a las montañas de Shah e Kot.Allí fue visto a mediados de febrero por otro joven muyahidín, Alí Mohamed, de 26 años. A partir de entonces, el rastro de Osama se pierde, pero casi todos los servicios de inteligencia occidentales lo sitúan en la zona tribal fronteriza entre Pakistán y Afganistán. Allí donde lo protegen los pastunes. A él y a cientos de simpatizantes que viven confundidos con la población. Las últimas operaciones norteamericanas se centran en esa zona, pero es como buscar una aguja en un pajar.