Otro oficial con destino en la misma base acuchilló hasta la muerte a su cónyuge Las familias atribuyen los crímenes al estrés de la operación Libertad Duradera
27 jul 2002 . Actualizado a las 07:00 h.Afganistán no es Vietnam. Sin embargo, el laberinto de la primera etapa del la cruzada antiterrorista de George Bush puede haber comenzado a socavar la entereza de algunos soldados estadounidenses, como en su día hicieron las junglas del sudeste asiático. La primera voz de alarma ha saltado en el cuartel general de las fuerzas de Operaciones Especiales, Fort Bragg, en Carolina del Norte. Allí, se ha comenzado a vivir una pesadilla para la que aún no hay respuesta: en sólo seis semanas, cuatro soldados han matado a sus esposas, y dos de ellos se suicidaron tras cometer el crimen. La nota común a tres de los sucesos es precisamente que sus protagonistas habían regresado de Afganistán en las semanas previas. El cuarto también puede tener relación directa con la operación Libertad Duradera. La cadena de muertes comenzó el pasado 11 de junio. Ese día, el sargento Rigoberto Nieves mató a tiros a su esposa, Teresa, y después se quitó la vida en un apartamento que tenían cerca de la base. Sólo hacía 48 horas que Nieves había vuelto de combatir a Al Qaida y los seguidores del régimen talibán. Apenas 18 días más tarde le correspondía el turno a Jennifer Wright, que moría estrangulada por su cónyuge, el sargento William Wright, para el que las operaciones en territorio afgano sólo habían quedado atrás un mes antes. Y con este segundo asesinato comenzaron también los rumores más inquietantes. «Era como mi hijo. Hasta que volvió de Afganistán no hubo nada de violencia, pero comenzó a tener ataques de ira», dijo entonces respecto a su yerno la madre de la difunta, Wilma Watson. Sus palabras tuvieron aún más eco la semana pasada, cuando Brandon Floyd, un sargento de la supersecreta Fuerza Delta que había vuelto de Afganistán en enero, acababa a tiros con la vida de su consorte, Andrea, y después se suicidaba. La madre de Andrea, Penny Filcraft, volvía a apuntar al estrés de las operaciones militares: «Creo de corazón que su entrenamiento era tan duro que si no logras controlarlo, acaba contigo». La cuarta, la protagonizó el sargento Ramón Griffin, que acuchilló 50 veces a su esposa. La portavoz del Comando de Operaciones Especiales, Gary Kolb, ha descartado oficialmente que el conflicto afgano esté pasando factura a sus soldados. Pero en Fort Bragg, donde no se había registrado un sólo caso de violencia doméstica en más de dos años, las cosas no están tan claras.