Perdedores de todas las guerras

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XURXO LOBATO

Dos retratos del problema de los desplazados en Afganistán, el país del mundo con más refugiados Las ruinas de la antigua embajada soviética en Kabul se convirtieron en un campo de concentración. Tras sus muros bombardeados, los talibanes retenían a unas 15.000 personas, prisioneros capturados en las tierras ganadas a la Alianza del Norte. Si alguien conseguía salir era para ir a la cárcel de Puli Charki o para ser trasladado a Jalalabad, donde nunca más se sabía de él. Todavía hoy, tras la caída del régimen talibán, muchos siguen aquí. El haber apostado por el bando victorioso no les ha proporcionado un destino mejor. No tienen a dónde ir. Sus casas fueron arrasadas, sus regadíos destruidos, sus tierras minadas.

11 abr 2002 . Actualizado a las 07:00 h.

A Nazarcgul le sacaron de su casa a golpes una noche hace tres años. «Sal, que eres enemigo», le gritaban los talibanes. «Entraron y lo saquearon todo, la casa y los cultivos. No dejaron nada». 70 kilómetros a pie, un día y una noche después, llegaba aquí magullado por los culatazos. Desde entonces este anciano de barba blanca, turbante y un solo diente fue confinado en uno de los edificios de la antigua embajada, una casa acribillada por las balas y mordida por las bombas, a las que los ladrones han arrancado tuberías, cables y todo lo que se podía vender. Talibanes armados rodeaban los edificios y disuadían los intentos de fuga con sangre. «De vez en cuando tiraban un trozo de pan para que comiéramos. Y eso era todo», cuenta. Nazarcgul, como casi todos los moradores de este campo, vivía en la planicie de Somalih, en la provincia de Parwán, al norte de Kabul. El ACNUR, a través de la Organización Internacional de Migraciones, ha ayudado a muchos de ellos a volver a su tierra. Ha puesto el transporte y, una vez allí, ha improvisado un campamento en el lugar donde un día se levantaron sus casas. Les llevan agua, comida y les ayudan a reconstruir sus casas. Del Gobierno provisional, el gobierno por el que sufrieron y algunos de ellos lucharon, su gobierno, no han recibido ninguna ayuda. Han perdido todas las guerras. Los que aún quedan en la embajada, 4.000 según el ACNUR, recuerdan. El infierno de Puli Charki A Mohamed Zober, que no sabe si tiene 30 o 36 años, no lo trajeron a la embajada. A él lo llevaron directamente a la cárcel de Puli Charki, la más famosa de Afganistán. «Me metieron en una celda que, en realidad, era un cuarto de baño. Allí vivíamos 30 presos. Cuando te tumbabas para dormir tocabas una pared con la cabeza y la otra con los pies. Muchas noches no podías dormir por los gritos de la gente que se llevaban y que torturaban. A mí casi me matan a golpes un día que me aparté para orinar. Cuatro de mis compañeros murieron así, a golpes. Otros, que rechazaron la visita que nos permitieron cuando llevábamos siete meses, murieron de hambre al quedarse sin comida», cuenta. Cuando fue liberado, Mohamed vino a la embajada porque toda su familia estaba aquí. Su brutal testimonio, no es sin embargo, el peor. Mehajuli no puede puede precisar su edad, pero rondará los sesenta. «Hoy no he comido», dice. Tirada sobre una especie de colchón junto a su hija y sus nietos nos habla de un día hace tres años en que, descalza, le hicieron andar los 70 kilómetros que hay desde su pueblo a Kabul. Sobre la cabeza cargó lo que pudo. No fue mucho, pero su venta le ayudó a sobrevivir hasta ahora. Mehajuli ha perdido mucho más que su casa. A su marido lo mataron los soviéticos, a su hijo, los talibanes. Niñas para los extranjeros Nos habla de un pariente que vino con ella y que los guardias se llevaron a Jalalabad. Nunca más supieron de él. Cree que lo mataron, como a casi todos los que partieron hacia allí. «No sé cuantos fueron. Muchos. Quizás 2.800», dice, escogiendo una cifra que parece dicha al azar. Tampoco saben nada de la chica que vivía al lado y que fue entregada por los talibanes a los paquistaníes y árabes que les ayudaban en su lucha, para apagar su ardor guerrero. Nos cuenta una especialista norteamericana que lleva varios años estudiando la situación de la mujer en Afganistán que el de esta muchacha no es un caso aislado. Cientos de jóvenes, niñas en realidad, entregadas como botín de guerra, siguen desaparecidas.