LA GUERRA INACABADA En la base norteamericana de Bagram, al norte de Kabul, la guerra se ve y se oye más cerca. Y hace mucho ruido. Talibanes, milicianos de Al Qaida y otros guerrilleros escondidos en las montañas cercanas recuerdan con sus armas que la de Afganistán es una guerra que aún no ha acabado, por más que algunos quieran darla por zanjada. En Bagram se encuentra destinado parte del contingente español dando apoyo sanitario a la operación Libertad Duradera.
10 abr 2002 . Actualizado a las 07:00 h.¡Buuummmmmmmmmmm! -La una, las doce en Canarias- bromea Zacarías Galo Sánchez, uno de los médicos españoles destinados en Bagram. Los soldados ríen. -¿Están explotando las minas?- preguntamos, incautos. -No. Eso es fuego de mortero. Están disparando hacia aquí, lo que pasa es que el perímetro de la base es muy ancho y no llegan. Nuestra cara de incredulidad debe ser evidente. -Es que aquí, mi hijo, hay una guerra. Todas las noches hay disparos. Parece una fiesta de fuegos artificiales. La relativa calma que garantizan las tropas internacionales en Kabul a veces hace olvidar que en el resto del país la situación es muy distinta. En la base de Bagram, una de las dos que Estados Unidos tiene sobre suelo afgano, los aviones son tiroteados al salir y al llegar desde las montañas cercanas. Timothy Dugan, piloto norteamericano, nos lo demuestra metiendo el dedo en los agujeros que un kalashnikov le ha hecho a su helicóptero Apache. A Bagram se llega desde Kabul en cuarenta minutos de una carretera que, a pesar de los baches, son un lujo compara-dos con el resto de las rutas afganas. A ambos lados de la carretera, piedras blancas y rojas avisan de la presencia de minas. Poner un pie fuera del asfalto es algo más que jugársela. Los márgenes de la carretera son una especie de museo arqueológico de la guerra. Tanques rusos de todos los modelos abandonados o destrozados. Cañones de artillería inservibles. Y lo que queda de unos pueblos bombardeados con saña, casa por casa, habitación por habitación. Ruinas de adobe en lo que fue frente de batalla entre las tropas de Massud y los talibanes. Cada pocos kilómetros, un control que se vigila a punta de fusil, con baterías antiaéreas o lo que se tercie. Cerca de la base de Bagram hay todavía más minas, pero ya no se señalan. Los americanos no las han puesto, pero tampoco las quitan porque les sirven de defensa contra intrusos. Una medida de seguridad macabra que ya les ha costado dos vidas, según nos cuenta el capitán Rivers, el portavoz de la base. Para entrar en la base, hemos cruzado un control de los micilianos de la Alianza del Norte, dos de los americanos y firmar una hoja que prohíbe sacar fotos a casi todo. La censura de la información aquí y en el frente de batalla es brutal. No quieren otro Vietnam, así que no dejan a nadie ver sus bajas, que, al parecer, son muchas. Más de las que trascienden. Alguien que no quiere que se le identifique nos susurra: «Han llegado a pedir sábanas para amortajar a sus muertos y a los de la Alianza del Norte que pelean con ellos porque se les han acabado las bolsas de cadáveres». Sólo ver la cara de los soldados imberbes que salen hacia el combate parece confirmar que a Estados Unidos no se le está dando tan bien Afganistán como quieren hacer creer. El mejor equipo Dentro de la base se encuentra el hospital militar español, la contribución que el Gobierno ha hecho a la operación Libertad Duradera. Según cuentan, es el mejor de los tres que hay en la base, el único que tiene aparato de rayos X y el único que puede realizar una analítica de sangre. Tiene incluso un equipo de telemedicina con el que los médicos españoles pueden consultar sus dudas vía satélite a los especialistas que están en Madrid. Además de todo eso, un equipo humano excelente. «Hace una semana los de operaciones especiales de Estados Unidos, los Delta Force y los Rangers, pidieron que si les pasaba algo querían que los operásemos nosotros», asegura Joaquín Olmeda, cirujano. A la puerta del hospital de campaña hay un cartel en el que se lee: «Nasío pa operar». Allí, frente a la puerta, cuando las cosas se ponen feas, es a donde llegan los heridos de guerra. Allí se los clasifica por orden de gravedad y donde se los atiende. En el tiempo que les dejan los efectos de esta guerra extraña y discontinua, los médicos españoles prestan ayuda humanitaria en Morat Kahwaja, un pueblo cercano a la base. De allí es Basir, el niño que el Ejército trajo a España para tratarle un linfoma. En esa consulta ya han salvado la vida de muchos. Les presta la casa Baba Jaans, el comandante y señor del pueblo, que, de paso, usa la ayuda para acrecentar su dominio. «Es descorazonador, ves gente que está muy mal, pero te traen a los que no tienen nada, sólo porque son de los suyos. Pero ¿qué puedes hacer: no ayudarlos, quedarte quieto mientras no te llegan heridos, como los americanos?», pregunta Olmeda. «Es duro estar aquí porque atiendes gente que en España, con medios y con tiempo, se podría salvar. Aquí se mueren», añade Sánchez mientras muestra la UVI de campaña. Allí duerme un niño del que no quiere decir ni el nombre. Tiene leucemia. «Se va a morir. Tengo a Rafael Marañón, al pediatra, desde hace unos días hecho polvo. Se quiere ir con él. No se puede llegar a todo», dice. Al mediodía, compartiendo las raciones de comida, se hace un último intento. «Vamos a intentar llevarnoslo fuera del país», dice Olmeda poco antes de montarse en un helicóptero rumbo a la región de Gardez y a los combates, donde auxiliará a los soldados norteamericanos. No pudo ser. Aquel niño murió el lunes.