Nueva York mantiene vivo el peor atentado de su historia seis meses después Hoy, cuando se ponga el sol, el fantasma de las Torres Gemelas volverá a dominar la línea del cielo en Manhattan. Los dos magníficos rascacielos de la ciudad de Nueva York resucitarán, aunque solamente sea en la forma de sendas y gigantescas columnas de luz llamadas a verse incluso desde la Estación Espacial Internacional.
11 mar 2002 . Actualizado a las 06:00 h.El denominado Homenaje de Luz marcará los seis meses desde que Estados Unidos se estremeció con los ataques de tres aviones comerciales contra Nueva York y el Pentágono, en Virginia. La metrópoli más emblemática del país aún no terminado de retirar la multitud de toneladas de escombros de la Zona Cero. Las sustitución del World Trade Center por nuevos edificios es todavía un sueño de lejana realización. Un estremecedor vacío vertical sigue dominando el Bajo Manhattan. Quizás por ello, las autoridades municipales han accedido a llenar la ausencia con formas espectrales luminosas. Unos 600.000 watios, de 88 reflectores, brillarán cada jornada, desde el ocaso hasta las once de la noche, para recordar aquel trágico 11 de septiembre. Espectáculo El espectáculo durará hasta el próximo 13 de abril. Sólo se verá interrumpido si la Administración Federal de Aviación establece que supone un peligro para el tráfico aéreo, si altera la existencia de las aves migratorias -los grupos ecologistas también han tenido voz en el asunto-, o si la baja nubosidad logra que los focos cieguen a los vecinos. El Homenaje de Luz será la manifestación más visible del empeño estadounidense por mantener viva la memoria del peor atentado de su historia. Marcar el paso de seis meses se ha convertido en una clara obsesión. «¿Por qué necesitamos un aniversario semiartificial tan pronto después de los sucesos reales? ¿Tenemos miedo a que los recuerdos del 11 de septiembre se conviertan en motas menguantes (...) en nuestras conciencias? ¿Nos sentimos culpables por la rapidez con la que hemos reanudado nuestra vida normal, apiñándonos ante películas violentas, ignorando noticias de lugares distantes como Afganistán y guardando de nuevo las banderas americanas en nuestros armarios?». Estas preguntas son algunas de las muchas reflexiones que se podían leer en la prensa norteamericana en la antesala de las conmemoraciones de los atentados. Mucho se ha insistido en que los acontecimientos del 11 de septiembre cambiarían para siempre los hábitos de los estadounidenses. La realidad, sin embargo, se ha encargado de demostrar lo contrario. La vida sigue igual En Nueva York, los restaurantes vuelven a estar llenos. La industria hotelera nacional, cuyos ingresos se desplomaron un 23,4% tras los ataques, ha recuperado el pulso. La proporción se ha reducido a sólo el 7% durante febrero. La demanda de servicios de seguridad se ha estabilizado. Las ventas del antibiótico Cipro -la sombra del ántrax es ya sólo una mala pesadilla- han vuelto a sus niveles ordinarios. Y hasta los stocks de la bandera con las barras y estrellas han pasado a acumular polvo, a la espera del próximo 4 de julio, el día de la Independencia. Nueva estrategia La normalización tras la tragedia se ha impuesto a pesar de las continuas alertas decretadas desde Washington. De ahí que George Bush vaya a hacer un esfuerzo especial para recuperar la tensión de sus compatriotas. Hoy, antes de que los focos se enciendan en el Bajo Manhattan, tiene previsto anunciar a la nación su estrategia para los próximos capítulos de su cruzada contra el terrorismo. Según anticipó ayer The New York Times, el presidente advertirá que se dispone a perseguir a Al Qaida incluso en aquellos países que no pidan ayuda para semejante misión. También insistirá, en obvia referencia a Irak, que no se quedará de brazos cruzados mientras potencias enemigas desarrollan armas de destrucción masiva. El Senado le preparó el camino el viernes con una resolución no vinculante afirmando: «Permanecemos unidos tras el presidente en sus esfuerzos para derrotar el terrorismo». Mientras, el país se verá inundado de actos para marcar los seis meses desde el horror. Para evitar olvidos inoportunos.