ROBERTO L. BLANCO VALDÉS EL OJO PÚBLICO
15 feb 2002 . Actualizado a las 06:00 h.Sí, ya lo sé: también a mí me resulta vomitivo ver a un criminal de guerra culpar a sus víctimas de los delitos sobrecogedores por los que ha acabado sentado en el banquillo. Milosevic es un nazi poseído por su etnomanía nacional. Y un sátrapa impostor. Y un pajarraco miserable que soñó un día con levantar, sobre miles de cadáveres, un mini-imperio al servicio de su familia y su troupe de gentucilla. Sí, Milosevic es un tipejo abominable, pero ni es un loco, ni es un tonto. Por eso sería un error equivocarse y creer que la farsa que ha montado ante el tribunal encargado de juzgarlo es otra cosa que una mera estratagema procesal desesperada, dirigida a salvar de algún modo su pellejo. Sus afirmaciones de que él no hizo otra cosa que obedecer la voluntad de quienes lo habían elegido, sus acusaciones a la OTAN, lejos de ser el delirio de un anciano acorralado, constituyen la escenificación de la estrategia de defensa que, con toda seguridad, le ha aconsejado su abogado. Y es que su abogado es un tal Jacques Vergès, célebre, entre otras cosas, por haber escrito un libro (Estrategia judicial en los procesos políticos) en el que explica con todo lujo de detalles como ante procesos como el de Milosevic, los acusados tienen dos opciones: plantear un proceso de connivencia -que acepta las reglas del que juzga- o uno de ruptura, que impugna la legitimidad del juzgador y lo acusa de ser él el auténtico culpable. Sobra decir, claro, que el abogado Vergès se ha inclinado siempre por los procesos de ruptura. Ello explica las acusaciones de Milosevic. No es que el gran criminal se haya vuelto loco de repente: muy por el contrario, más lúcidos que nunca, Milosevic y su abogado defensor han decidido abrir otro proceso -contra Estados Unidos, la Europa democrática y la OTAN- convencidos de que antes o después habrá quien acabe por comprar esa basura. Y no se equivocan ¡Qué se apuestan!