Jalalabad respira en paz, pero nadie parece odiar a los integristas «porque todos somos musulmanes» La ciudad de Jalalabad, capital de los pashtunes del este de Afganistán, respira su primer Ramadán sin el régimen de los talibanes, pero nadie aquí parece odiar a los estudiantes guerreros. «Somos todos hermanos, todos afganos y todos musulmanes», insisten, y no ven razones para odiarlos, ni mucho menos para bombardearlos. La culpa de todo, dicen, la tiene Pakistán y los extranjeros -árabes y chechenos- que acompañan a los talibanes, a quienes atribuyen las mayores crueldades.
16 nov 2001 . Actualizado a las 06:00 h.Cuando todos achacan la violencia y los problemas a los extranjeros que lucharon con los talibanes, que las gentes creen huidos a Pakistán o a otros países, surge la pregunta: ¿Y dónde se fueron los talibanes nativos? «Se fueron a sus casas, al fin y al cabo son de aquí, como nosotros», responde impertérrito Shafiqullah, periodista en Radio Ningarhar. Este viernes ha sido el primero de Ramadán y el primero de la era postalibán. La plegaria del mediodía en la Mezquita Blanca de Jalalabad, dedicada a la memoria de Abul Haq, el líder pashtún antitalibán muerto hace unas tres semanas, atrajo a una multitud de miles de fieles. Muchos se postraron con el Kalashnikov. «A mí no me importa que los talibanes impusieran la burka -dice un médico- pero antes por lo menos había seguridad. Sin embargo, esto no se puede aguantar». «Esto» son las decenas de hombres pertrechados con todo tipo de armas ligeras y municiones que se ven patrullando o simplemente deambulando por las calles de Jalalabad en un estado de movilización permanente. Un ingeniero agrícola intenta explicar la ambigüedad: «Me gustan mis hermanos (talibanes) pero no me gusta la dictadura musulmana. Yo lo que quiero es un Islam moderado». Un maestro jubilado se muestra muy agradecido a los occidentales: «Somos felices porque los americanos y los ingleses nos salvaron y porque nos han quitado de encima a Pakistán. Ahora lo que queremos es la democracia, como la que tienen ellos». Los que más llaman la atención a los locales no son los guerrilleros, sino los periodistas extranjeros, que son seguidos por las calles por niños y jóvenes como si fueran extraterrestres. Se nota que hace muchos años que no ven a occidentales.