Comienza la era de George W. Bush

JAIME MEILÁN NUEVA YORK CORRESPONSAL

INTERNACIONAL

Kevin Lamarque / Reuters

El 43 presidente de EE UU hizo un llamamiento a la 'unidad de la nación' tras tomar posesión de su cargo en las escalinatas del Capitolio Una de las piedras angulares de la campaña de George Walker Bush fue subrayar su propósito de unir a la sociedad americana. De limar diferencias y romper las fronteras invisibles que la dividen. Sus primeras palabras tras convertirse en el 43 presidente de Estados Unidos contuvieron un mensaje idéntico. El republicano proclamó que no tolerará situaciones en las que 'nuestras diferencias son tan profundas que parece que compartimos un continente, pero no un país'. Y se comprometió a crear 'una nación unida de justicia y oportunidades'. Miles de manifestantes se dieron cita en Washington para demostrar su oposición a Bush.

21 ene 2001 . Actualizado a las 06:00 h.

La línea retórica elegida por Bush no es nueva. Sin ir más lejos, su predecesor, Bill Clinton, hizo de la integración nacional el centro de sus dos discursos de investidura. El propio Bush, sabedor de que lo suyo no es la facilidad de palabra, había pedido que le escribieran un discurso sencillo. Se lo construyeron con mimbres tan sencillos como líneas de conciliación nacional, de tender una mano a los menos favorecidos _su famoso 'conservadurismo compasivo'_, y de pedir a todos los estadounidenses responsabilidad y coraje. 'Lo que hagáis vosotros es tan importante como cualquier cosa que haga el Gobierno. Os pido (...) que defendáis las reformas necesarias frente a los ataques fáciles, que sirváis a vuestra nación, empezando por vuestros vecinos', dijo. Los quince minutos que Bush empleó para dirigirse ayer a la nación siguieron a un breve acto de investidura. Primero el vicepresidente electo, Dick Cheney, y después el ya ex-gobernador de Texas prestaron juramento en la rotonda del Capitolio, detrás de una pantalla de cristal blindado. La mano derecha de cada uno se posó sobre la Biblia _la misma que utilizó su padre y también George Washington_ que les tendió uno de los personajes a los que deben el triunfo electoral: William Rehnquist, el presidente del Tribunal Supremo y uno de los magistrados que impidió que se concluyera el recuento de votos en Florida. Bush no pudo evitar que las lágrimas aparacieran en sus ojos al concluir el juramento, bajo la atenta mirada de su esposa, sus hijas y sus padres. Pero los sentimentalismos quedaron rápidamente a un lado. Sus primeras acciones al frente del Gobierno no se hicieron esperar. Comenzó por hacer oficiales las candidaturas de quienes ha elegido para in~~tegrar su Gabinete _tres de ellos, los secretarios de Defensa, Estado y Tesoro, Donald Rumsfeld, Colin Powell y Paul OïNeill, serían confirmados horas después por el Senado_, y continuó bloqueando todas las últimas órdenes ejecutivas firmadas por Clinton. Muchas de ellas referentes a la protección de espacios naturales. Clinton tuvo oportunidad de reunirse con su sucesor antes de que prestara juramento. También aprovechó sus últimas horas en la Casa Blanca para indultar a 176 estadounidenses. Entre ellos, a su hermano Roger, al ex-director de la CIA John Deutch, a Patty Hearst y al ex-secretario de Vivienda Henry Cisneros. Sus pecados abarcaban desde delitos con la cocaína, hasta el uso indebido de material reservado. Clinton dejó Washington en un avión que le condujo hasta la que ahora será su residencia en Nueva York, acompañado de su familia. Antes de partir deseó buena suerte a Bush.